sábado, 29 de octubre de 2011

Heidelberg




(fragmentos de un diario)


18/19 [jueves]

Schumann
Ab’egg Variationen op. 1
Papillons op. 7

Weber
Der Freischutz
“Agatha”

Estas anotaciones las hice en el castillo de Heidelberg.
Ahora estoy frente al Neckar, descansando y esperando el momento de volver.
Creo que estoy hecho, lo demás es regalado y prefiero ni hablar.
***
Estoy en el tren que debería ir de Heidelberg a Mainz. Reitero: debería.
Para peor, el guarda pasó sin pedirme el pasaje, gran oportunidad de saber la verdad antes de aparecer en Stuttgart.
***
¿Escribir sobre Heidelberg? Difícil.
Saqué como 100 fotos, compré guía de la ciudad y libro sobre el castillo... Todo, para rellenar el futuro hueco de la memoria.
***
¡Cómo transpiré en el famoso “Camino de los filósofos”!
Más que un camino, parecía toda una montaña. Y de hecho lo era, porque había que subir una cuesta larga y bastante empinada, para llegar al dichoso camino. Que seguía y seguía. En un recodo, la bendición: ¡un quiosco! Compré coca y agua a un viejo malhumorado (estaba por cerrar, según vi enseguida).
Después, tuve que bajar. Tampoco fue fácil. Según mi costumbre, tarde, muy tarde, me saqué la campera y me refresqué un poco.
Bajé por otro lado, una calle para autos, y tardé muchísimo; además, aparecí lejos del Alte Brücke, con un poco de ansiedad (lo acostumbrado).
***
Sobre el castillo, muy poco podría decir. Harían falta varias horas para verlo todo, no digo “conocerlo”. Sin embargo, no me quejo, en una hora y pico, casi dos, vi muchísimo y quedé deslumbrado.
¿Cómo saldrá en las fotos?
Si recogen un 10 % de lo que es, van a ser muy buenas, pero dudo de algunas.
¡Los jardines! Arriba de todo. Claro, no iban a salir a tomar mate fuera de las murallas...
El puente viejo está en arreglo, esa manía alemana. No me quejo tampoco. Lo crucé con bastante vértigo, aunque no tanto como el de Colonia, porque en éste pasan trenes y en aquél no. Además, el de H.[eidelberg] es más corto (gracias, Neckar).
***
Efectivamente, transpiré mucho en el Philosophen Weg, más exactamente en la empinada subida. Con razón veía que la gente bajaba por ahí y me miraba alelada. ¡Era la bajada, no la subida! Del otro lado, la pendiente era mucho menor, porque era la subida y bajada para coches. Pero juro que no había ninguna indicación al respecto. Quién sabe: cada uno sube y baja por donde quiere, puede o debe.
Bueno, no importa nada: el placer con esfuerzo, a veces, es mucho mejor, como en el deporte y en el sexo. (Pero sí debería haberme sacado la campera mucho antes...)
El famoso camino tiene recovecos para sentarse a leer, meditar o, simplemente, mirar el hermoso panorama que se abre en el follaje de tanto en tanto: el Neckar, la otra orilla de la ciudad, el omnipresente Castillo.
En medio del bosque hay descansillos, diversos monumentos y placas recordatorias, una extraña hamaca (¿para descansar?, no me animé), glorietas, etc. Se suponía que había ruinas de un convento, pero no las encontré. Sí vi el monumento a Bismarck, una horrible torre de piedra cuadrada (como su homenajeado), a la que se podía subir para ver el panorama.
Todo muy hermoso, para qué negarlo.
¡El placer de tomar la coca-cola (y después el agua, más lentamente) sentado cerca del quiosco del viejo malhumorado...!
Había bastante gente, parejas, familias. Serían de por allí, no parecían turistas. La zona es de mansiones impactantes, similar a San Isidro, con mejor gusto y quizás mayor antigüedad.
La orilla del Neckar también es muy linda de ese lado, sobre todo porque se ve muy bien el otro... (y, a lo lejos, entre brumas, el sempiterno Padre Rin, donde desagua el Neckar).
Sin duda, Heidelberg fue lo mejor de mi tour, sin desmerecer a la vieja Colonia ni a la querida Frankfurt. Ya tendrán lo suyo. Pero H. es de una belleza descomunal. Y reconozco que el día espléndido ayudó mucho a su disfrute.
Volví en taxi hasta la estación de trenes, porque no pude encontrar el ómnibus correcto y estaba muy cansado para caminar, aunque en otro momento lo habría intentado; tampoco quería perderme el tren de vuelta. Que era bastante lujoso pero lo disfruté menos de lo que valía, porque, como puse en el diario, dada la experiencia de la noche anterior, no estaba seguro de nada. Pero fue perfecto.


viernes, 28 de octubre de 2011

Koblenz



(fragmento de un diario)

El miércoles me decidí a empezar por el Rin, como queda dicho. Quería ir a Colonia, ése era mi objetivo, pero, por suerte, no había tren directo. Tenía que hacer el trasbordo en Koblenz. Cuando le comenté al padre Pablo que iba a aprovechar para ver el Deutsches Eck, tuvo dos reacciones; primero, algo de sorpresa por el hecho de que yo conociera ese lugar; segundo, me advirtió que estaba un poco lejos de la estación. No me preocupé mucho.
En efecto, el viaje en tren, en el brumoso valle del Rin, fue hermoso, como era previsible (y había previsto). Un tren muy cómodo, casi vacío. No siempre podía ver todo lo que quería, ni sacar las suficientes fotos (nunca son suficientes). El panorama solía estar tapado con algún obstáculo emanado de la parte fea de esta civilización: cables, torres de metal, edificios grises de las estaciones (la parte “nueva”), etc.
En realidad, se veían bien los castillos de la orilla opuesta del río, pero la velocidad del tren no me permitía enfocarlos. Cuando se detenía, cerca de alguna de las tantas estaciones del trayecto (Boppard, St. Goar, Bacharach), aparecían los obstáculos.
Era un día muy gris y ventoso. No lluvioso, por suerte, aunque parecía que en cualquier momento se me arruinaba el viaje.
Bajé en Koblenz y enseguida me orienté, por suerte. Tomé un ómnibus que decía “Deutsches Eck”… Verifiqué que el trayecto no era muy largo, aunque no memoricé exactamente los vericuetos por los que pasaba. Después, en el consabido quiosco de souvenirs, me compré, entre otras cosas, la consabida guía de la ciudad. Linda. Con un mapa muy útil, que sí pude seguir para la vuelta, por otro camino respecto del ómnibus, pero muy bello también: parte por la orilla del Rin, con puentes y una especie de posada (hermosas fotos), alejándome del Mosela; luego, adentrándome en la ciudad por una especie de autopista y calles relativamente modernas. Llegué bien a horario para hacer el trasbordo con el siguiente tren. Rumbo a Colonia.
Koblenz en sí no pude verla mucho, salvo el lugar famoso. El monumento al Káiser es feo pero tiene cierto encanto que no llega a ser kitsch por un pelito. Sólo marcial. Se ve que el Mosela es muy lindo también; en la lejanía se divisan puentes y algún que otro castillo. Obviamente, también del lado del Rin. La combinación es excelente. Hoy tengo los adjetivos pobretones, pero es que el recuerdo me sobrepasa largamente: excusa también pobretona.
Había muchos turistas, la mayoría japoneses. Se veían pasar los cruceros, que suelen detenerse privilegiadamente en ese sector. Estaba para quedarse mucho más tiempo, como si la monotonía no pudiera existir. Con sol, hubiera sido aún más espectacular, pero a qué quejarse.
Entré-subí al monumento, desde donde se tiene otra vista. Fui hasta la punta de la “Punta alemana” (o esquina de la esquina, o rincón del rincón, eck del eck). De cerca, no parece tan puntuda como en las fotos. Es muy impresionante ver para un lado el Mosela y para el otro el Rin. No se puede elegir, realmente.
Después me hice tiempo para entrar en una iglesia, San Castor si no me equivoco, que está ahí nomás. Tiene un subsuelo con restos romanos, fuente para monedas, etc. Y un Cristo vanguardista, difícil de fotografiar: una especie de palo acostado, cruzado sobre otro palo (la cruz).





miércoles, 26 de octubre de 2011

Geisenheim

Inscripción en una iglesia de Geisenheim


What bells are those, that ring so slow,
so mellow, musical, and low?
They are the bells of Geisenheim,
that with their melancholy chime
ring out the curfew of the sun.


(Henry W. Longfellow, 1851)








Fragmentos de un diario

Viajé de Frankfurt a Geisenheim con cierta eficacia.

Incluso me animé a sacar el boleto en una de las máquinas automáticas que abundan en la Hauptbannhof de la ciudad (no vi otra manera, en realidad). Recuerdo que me costó 15 marcos y algo, vale decir unos 7 dólares (o pesos, por ahora, 8 de diciembre de 2001 a las 20.00). Podría haberme colado, porque el boleto no me lo pidieron en todo el trayecto, que duró más o menos una hora. Así que, ahora que lo pienso, no sé si el boleto era el correcto, qué lástima. ¡Tendría que haber buscado a un guardia y exigido que me lo revisaran!

En Geisenheim, que es un pueblo casi tan chico como Johannisberg, pasé un mal rato, todavía no sé por qué. La cosa fue así: apenas llegué, en vez de tomarme un taxi que estaba esperando en la estación algún improbable pasajero (no bajaron muchos), traté de comunicarme con el padre Pablo para que me pasara a buscar. Tampoco me animé a recorrer a pie los (teóricos) 3 kilómetros que separan Geisenheim de Johannisberg, porque era de noche y el trayecto no es precisamente rectilíneo. Lo había hecho en coche un par de veces, y en la plaza principal del pueblo había una especie de mapa casero, pero, repito, no me animé. Si hubiera sido de día, tal vez... (otra cuenta pendiente, ya es un patrón). Así que estuve deambulando entre la estación y la plaza principal, llamando a cada rato a la casa de Pablo, sin ningún éxito. No sé por qué me intranquilicé tanto, si era temprano y no había ningún peligro, pero evidentemente yo soy así. Taxis ya no había, porque obviamente sólo están cuando se aproxima un tren (los horarios son relativamente confiables, aunque no tanto como lo pregona la fama alemana). En el resto del pueblo, encontrar un taxo (se me mezcló taxi con tacho, prefiero no corregir) pronto se me presentó como empresa imposible. Todo el mundo tiene coche, y la nochecita estaba poblada de pendejos ociosos con tremendos autazos (incluso alguno era un taxi, que me engañó miserablemente). Ya me estaban mirando mal, chicos y grandes, así que supongo que eso me fue intranquilizando más. Tenía miedo de que me encarara alguno mal: un skinhead, tal vez. Después de todo, parezco árabe, o latino, del tercer mundo en todo caso.

Lo mejor de Geisenheim es, como siempre, una inmensa iglesia que, si mal no recuerdo, se llama, redundantemente, “del Rin”. De hecho, el río debía de estar bastante cerca pero, como era noche cerrada, tampoco pude acercarme mucho para verlo. La iluminación de la iglesia era espectacular, resaltaba muy adecuadamente su par de torres góticas, erizadas, como si fuera la de Colonia en miniatura (por comparación, se entiende). ¿Cuántas iglesias habrá como ésta, todo a lo largo de las orillas del Rin? Miles, seguramente. Yo ya perdí la cuenta de las que visité. Lástima que no saqué fotos.

 Repito que me llamó mucho la atención el hecho de que hubiera tantos pibes dando vueltas al pedo, algunos a pie y otros, muchos, en terribles coches. Pueblo típico, ¡pensar que ellos se aburren de estar allí, no tienen nada más que hacer, aparte de dar vueltas sin mucho sentido, esperando que pase algo! Y yo deseando quedarme allí para siempre. Es un decir. Queda claro que una cosa es visitar a los apurones, siempre con ganas de ver más, y otra muy distinta es quedarse a vivir, “con la misma piel”, como diría Fito. ¿Cuánto tardaría en alienarme y desear estar en otro lado? ¿Un mes, seis meses? Buena pregunta (sin respuesta).

Al final, en una de mis vueltas hacia la estación, encontré un taxi, seguramente esperando el siguiente tren que llegara. Me animé (debía de estar muy desesperado) y lo encaré. El tipo era macanudo, en todo caso prefirió pájaro en mano, y además no desconfió para nada (era grandote, según creo recordar). Le indiqué adónde iba, en inglés, me entendió perfectamente; después de todo, estábamos sólo a 3 kilómetros. Me cobró unos 14 marcos, algo menos de 7 dólares, un fangote, pero qué me importaba. Lo peor fue, en realidad, que Pablo me dijo después que con mi boleto de tren el taxista tenía que hacerme un descuento. (Esto es muy típico de Alemania; en Hoescht, también Pablo me hizo sacar un boleto para Frankfurt que incluía el derecho de viajar en los autobuses y tranvías; yo, pelotudo de mí, no me hice tiempo para aprovecharlo.) Bueno, el tipo no tuvo la culpa, porque me vio venir de otro lado, no bajar del tren, así que no sé si quiso currarme o no se le ocurrió.





lunes, 24 de octubre de 2011

Erfurt


Algunos posts atrás, mencioné una nota de Sebald en la que, entre otras cosas, hablaba de su "manera de proceder: adherir a la perspectiva histórica exacta, inscribir con paciencia y reunir cosas aparentemente dispares, a la manera de una naturaleza muerta. Desde entonces he estado preguntándome qué conexiones invisibles determinan nuestras vidas y cómo se enhebran los hilos..."
Por esas cosas extrañas de las vacaciones y el zapping, me enganché en el canal Retro con una vieja y valiosa película de Stanley Kramer, El juicio de Nuremberg, que además se filmó el año de mi nacimiento (1961). Solía verla, seguramente en una versión doblada y cortada, en los canales de aire, hace mucho, mucho tiempo. Tiene actuaciones extraordinarias de Spencer Tracy, Burt Lancaster, Richard Widmark, Montgomery Cliff, Judy Garland, Marlene Dietrich. Pero esto no importa demasiado.
Lo que me lleva a Sebald, además de la historia de Alemania en general, es que, en un momento dado de la película, se ve una placa con el nombre de la compañía que fabricaba los hornos crematorios de los campos de concentración (una de ellas, por lo menos). Y el pueblo en la que estaba situada: Erfurt.
¿Recuerdan Erfurt? Es una apacible pequeña ciudad alemana, de esas en las que nunca pasa nada (por eso Osvaldo Soriano lo cargaba a Osvaldo Bayer, diciéndole que los alemanes jamás podían tener novela policial). Bueno, quizás; pero, hace unos años, en Erfurt, un estudiante expulsado de la escuela secundaria volvió y masacró a 18 personas.
Si mal no recuerdo (y para seguir con las asociaciones), decía el personaje de Max von Sydow en Hannah y sus hermanas, respecto del Holocausto: "La pregunta no es por qué pasó, sino por qué no pasa más seguido."
Se entiende, pero me parece que, en cierto sentido, pasa todo el tiempo. Sólo hay que saber verlo, si es que se puede soportar.


sábado, 22 de octubre de 2011

Rheintal


Una excursión virtual por el Rheintal, la región más linda del río Rin.

Gracias a Guiarte.


Diario de Alemania 2003


(transcripto con la mayor exactitud posible, de una libretita Norte, escrita desde la última página)

start here

Eres mi héroe

(Antonio Quadra)
Mocedades
Sevilla
Betis


5/10


Alguien viaja a un lugar y se vuelve.

Entonces, se entera de que se perdió una celebración típica del lugar.
El resto de su vida, vive obsesionado con eso.

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¿Por qué el cine de género está muerto?

¿Y cuál no?
El policial. (?)

Piratas

Western...


6/10


Siempre cago en Barajas.


No me gusta subir al avión por la “escalerilla”. Me da vértigo.


Cosa de gallegos: tomé 2 buses que hicieron como varios kilómetros.


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Fuimos a Bingen, del otro lado del Rin, por balsa.

Llovía mucho y el viento no se soportaba.
El monasterio de (santa) Hildegarda estaba cerrado. Igual, el paseo fue bueno.


7/10


Tomé el tren en Geisenheim 8.00. Trasbordo en Wiesbaden. Llego a F 9.05, o’clock.

Prefiero caminar hasta la Feria (cambio 350 U$ x 283 € !!)
Colaboro en stand c/Wolf.
Escribo ahora esperando los libros.
¿Vuelvo 19.53?

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7/10


MMK


Friedrich Kiesler

Endless Home
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Hauptbannhof


0,70 € = casi 2 $

la meada + cara de la historia

(Cuando me di cuenta, se me cerró la vejiga.)



7/10


MMK


Warhol


(y Dom Museum, muy contradictorio)


Time capsules


Hasta el desecho más inverosímil cobra sentido si es de un famoso (?).

Justamente, eso es Warhol (y el pop): arte de re-significar los desechos (de una cultura, de una vida).

cf. MIS cajas de (F)



10/10


Solo en la Feria.

First time.
Sushi reveange
(with palitos).

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19.15. Salgo para Wiesbaden, se supone que en el mismo tren del otro día.

¿Hoy será día de mala suerte?
Hora de llegada calculada: 22.00 (!). No agregar nada más.


12/10


Me encontré con / He visto a Dios...

Umberto Eco.


13/10


Tenía que pasar.

Día malo.
Decido ir a Friburgo a pesar de todo.
Quiero usar el ticket de la Feria. No puedo, y pago 54 €. Apenas tengo p/volver.
¿Podré pagar con tarjeta la vuelta? Buena pregunta.
Por lo menos ahora debería estar + tranquilo. Pero tengo MUCHAS ganas de hacer pis y ni me atrevo a levantarme por miedo de perder el asiento (con ventanilla).
Mucho calor en el tren. Afuera casi 0 grado. ¿Veré nieve?

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No, bestia, no hay nieve en Selva Negra (por lo menos en esta época del año).

Estoy volviendo, vía Mannhein. Siempre a precio de oro.
Tengo que tomar 4 trenes, sería un milagro que algo NO saliera mal.

¿Friburgo? Hermosa. Vi parte de la Schwarzwald, pero valió la pena. Como siempre, muchas fotos.

Compré rollos muy baratos en un Schlecker.
(En 20 minutos tendría que transbordar en Mannhein.)
Comí una salchicha gruesísima en un pan redondo, c/ziedeln. Y una Coca reparadora. No muy caro.
¿Qué hago mañana y pasado?
Estoy molido. Y algo deprimido, como siempre. ¿Es la culpa, el cansancio, el miedo, o todo junto?
Telekom puta, no pude hablar c/Silvia, con VISA. Y las monedas apenas sirven para saludar.
Me cansé hasta de escribir.
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Tercer tren, Frankfurt-Wiesbaden (ojalá, quién sabe).
Acá pidieron tique unos policías bastante alarmantes.
¿Puedo poner que hice la mitad del viaje? No, mejor no.
Si llego, 21.39 a Geisenheim, hago una fiesta.
Pero mucho me temo que voy a tener que llamar al Vater Paul, porque no tengo ánimo p/caminar. O a lo mejor si llego a salvo y a horario... para compensar, ¿no?

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14/10

Muy cansado. Me duelen las piernas. Prefiero que P. Paul me lleve a algún lugar...
(interrupt.)

El lugar resultó ser las orillas del Rin hasta la roca Loreley, nada menos. O sea, el trayecto de aquel primer año, 1998. Esta vez saqué fotos, aun con sol en contra. Con que salgan un par, estoy conforme (es un decir).


¿Se me pasó la depresión? Un poco. Obra del Rin y del Sol.

Y de la falta de miedo, ya que no de culpa.
Es para pensarlo.
Lo de Friburgo de ayer fue espléndido pero preocupante. Demasiada tensión para disfrutarlo, aunque sea un poco más. ¿Cómo será el recuerdo?
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Hermoso paseo por alrededores de J. Hasta algunos lugares que no conocía.
Me siguió un gatito negro.
Saqué la foto habitual de la esquina.
Fui al Schloss a ver el valle desde ahí.
Los hombres saludan al pasar; las mujeres, no.
El tiempo pasa.
Quizás mañana vaya a Winkel, un tema pendiente.
Si el P. P. no propone otra cosa.
Pero es un largo camino y estoy cansado aún. Veremos cómo me levanto.


15/10


Hago los 2 km J-Winkel, sin problemas.

Hay un túnel debajo de la ruta. Estoy sentado frente al Rin. Frío, sol, viento. Un día espléndido. Sigo camino, a ver hasta dónde llego
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13.00. Extraordinario periplo por la orilla del Rin hasta la Oestricher Kran y luego “por arriba”: Oestrich, Mittelheim y Winkel, donde estoy ahora, exactamente frente a la Brentanohaus.
Es temprano, voy a intentar llegar al Schloss Vollrads y luego volver a J.
No words any more.

No llegué al Schloss Vollrads, quizás porque siempre es bueno dejar cosas pendientes...

Y no subí por la ruta sino por los viñedos: gran decisión.
El paisaje es impresionante, la distancia no es mucho mayor y el peligro sí es mucho menor.
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16/10


Heme aquí (increíblemente), en la gate D29 del Flughafen Rhein-Main, etc., esperando que los iberos confirmen su puerta y su horario de embarque.

2 horas y media antes de mi hora de partida, porque el Vater P. tenía misa a las 6 y es tan ansioso como yo. Mejor.
Igual fue otro día espléndido, fuimos a Wiesbaden a comprar zapatillas (ojalá sirvan) y tomamos un capuccino en el bar-trampa afgano que ya visité una vez (en el 2001, plena guerra).
Después fuimos a Rüdesheim por última vez, almorzamos en el Wiener Grill y bajamos al muelle a ver los barcos. Saqué unas fotos preciosas para terminar un rollo de 24.
No sé cuántas fotos saqué en total, creo que 2 rollos de 36 y 2 de 24, pero temo engañarme.
Será un largo viaje.
Cenaré 2 veces (?).
Por fin veré a Silvia, después de tanta nostalgia, culpa y esfuerzo.

19.30. Iberia retrasada, quién sabe cuánto.

Ojo a la combinación.
Por ahora, no muy nervioso, igual. ¿Está bien?
¡Unos minutos más en F!
Increíble... (yo).
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Todavía estoy temblando y sudando.
Me perdí en Barajas, 10 minutos antes de que el avión saliera.
Lo anoto p/tranquilizarme, pero me va a costar bastante.
No sé cómo llegué acá, espero que sea el avión... y el asiento. Aunque esto último sería de lo menos, después del riesgo que corrí.
Bueno, basta. Quedan 12 largas horas p/el final.
A disfrutar lo que queda. 

viernes, 21 de octubre de 2011

Amanecer en Johannisberg, rumbo a la Feria





Me despierto cuando todavía es de noche, alrededor de las seis. Me baño, me visto para ir a la Feria, tomo apresuradamente unos sorbos de café y salgo para ver el amanecer en Johannisberg.

El sol sale prácticamente del lado del Rin: va apartando con bastante rapidez la niebla habitual que pende sobre las colinas y los viñedos. Desde un lugar apenas elevado, es posible ver tramos del río. Lo gris de la hora se va tiñendo con los colores debidos: un verde cada vez más verde en la vegetación, un celeste cada vez más celeste en el cielo, si hay suerte. La hondonada donde corre el Rin mantiene durante un poco más de tiempo el gris de la niebla, que se irá despejando luego, a medida que lo atravesemos con el coche.
Los primeros rayos de ese sol casi horizontal ya reverberan, hasta lastimar los ojos, en las ventanas de los castillos que marcan los límites el pueblo. No hay mucho movimiento en esas tempranas horas. Algunos autos abandonan el pueblo por el camino que va hacia la orilla del río, el que tiene el gigantesco tonel a su vera. Gente de a pie, muy poca. ¿No se vendimia temprano? Parece que no es necesario.
Vagabundeo media hora, no más, a un ritmo acelerado, como si quisiera absorber todo el espectáculo que pueda. No sé si mañana se repetirá, porque puede amanecer nublado y seguir así. Y llover. O suceder cualquier otra cosa que me lo impida. Pero lo hice varias veces, y todas parecen una sola, aunque al recuerdo central se le vayan sumando detalles.
El sol se eleva finalmente sobre algunas casas particularmente bellas (quizás la luz las hace ver así, o mi voluntad). Saco algunas fotos, si tengo la ocasión. Pero esto ocurre, es decir, puedo presenciarlo, los días en que no vamos a la Feria y puedo caminar hasta más tarde.
Luego, vuelvo a terminar el desayuno con mis acompañantes, que se han demorado un rato más en la cama, y preparar los últimos detalles de la partida. Me despido del pueblo rumbo a Frankfurt, sabiendo que a la vuelta ya será de noche, y nada se verá igual. Y, si hay niebla, nada se verá. Hasta el día siguiente.



jueves, 20 de octubre de 2011

Un cisne


Un cisne en el río Main, consciente de su belleza.

Una esquina/2


Otra foto de la misma esquina que ya no existe.

De un poco más lejos que la otra.

No recuerdo si realmente estaba nublado o era un rollo que daba exceso de colores fríos...




miércoles, 19 de octubre de 2011

El Rin

de Friedrich Hölderlin




En la oscura hiedra sentado, en el portal
estaba del bosque, justo cuando el áureo mediodía,
visitando la fuente, bajó las escaleras
de la montaña alpina,
que se llama para mí, según creencia antigua,
la edificada por los dioses,
la fortaleza de los celestiales,
donde empero
secretamente aún mucho decidido
llega hasta los hombres; desde allí
percibí sin sospecharlo
un destino, pues en la cálida
sombra, consigo mucho discurriendo,
hacia Italia acababa
de írseme el alma divagando
y lejos, a las costas de Morea.




Ahora empero, dentro de la montaña,
hondo bajo las argénteas cumbres
y bajo el verde gozoso,
donde estremeciéndose los bosques hacia él,
y unas sobre otras las testas de las peñas
miran para abajo a lo largo de los días,
allí, en el más frío abismo, oí
el lamento de redención
del efebo, lo oyeron bramar
y acusar a la madre tierra,
y al tonante, que lo engendró,
compasivos los padres, mas
huyeron los mortales del lugar,
pues terrible era, al rodar
sin luz en sus cadenas,
la ira del semidiós.





Era la voz del más noble de los ríos,
del Rin, nacido libre,
y otra cosa esperaba él, cuando allá arriba
se separó de sus hermanos,
del Tesino y el Ródano,
queriendo peregrinar, e impaciente
a Asia lo impulsaba el alma regia.
Mas irrazonable es
desear frente al destino.
Los más ciegos, empero,
son los hijos de los dioses. Pues conoce
el hombre su casa, y al animal
fue dado dónde ha de edificar,
mas a la inexperta alma de aquéllos,
la falta de no saber adónde ir.

 

Un enigma es lo surgido puro. Aun
el canto apenas puede develarlo. Pues
como empezaste, quedarás,
por más que obren disciplina
y necesidad, lo más
puede el nacimiento,
y el rayo de luz que encuentra
al recién nacido.
Pero dónde hay uno,
para permanecer libre
toda su vida, y realizar solo
el deseo del corazón, así
desde alturas propicias, como el Rin,
y dichosamente así nacido
de sagrado seno, como aquél?
 

Por ello su palabra es de júbilo.
No ama él, como otros niños,
llorar entre las fajas;
pues cuando las costas desde el principio
se deslizan, sinuosas, hacia sus lados,
y envolviéndolo sedientas, ansían
arrastrarlo, a él, el imprudente,
y protegerlo entre sus dientes, riendo
desgarra las sierpes y se precipita
con el botín, y si en la prisa
un mayor no lo desbrava,
lo deja crecer, como el relámpago
hiende la tierra, y como hechizados huyen
tras él los bosques y hundiéndose los montes.



Pero un dios quiere ahorrar a sus hijos
la vida presurosa, y sonríe
cuando inmoderados, mas contenidos
por Alpes sagrados, en la hondura,
como aquél, se encolerizan con él los ríos.
En una fragua así, se forja luego
también todo lo puro,
y es hermoso, cómo después
de abandonar los montes,
vagando quedo se contenta
en la tierra alemana,
y calma el ansia en misión benévola, cuando cultiva
la tierra, el padre Rin, y nutre
amados niños, en ciudades que ha fundado.

Mas nunca, nunca lo olvida.
Pues debe antes perderse la morada,
y la ley, y tornarse inicuo
el día de los hombres, antes que olvidar
pudiera tal el origen
y la pura voz de la juventud.
¿Quién fue el primero en corromper
los vínculos del amor,
y en hacer de ellos dogales?
Se mofaron entonces del derecho propio
y por cierto del fuego celestial
los altaneros, sólo entonces,
despreciando los senderos mortales,
escogieron lo osado
y aspiraron a igualarse a los dioses.

Pero con la propia inmortalidad
tienen los dioses suficiente, y
si necesitan los celestiales de una cosa,
es de héroes y hombres,
y demás mortales. Pues dado
que los bienaventurados nada sienten por sí,
debe, si se permite decirlo, sentir siendo partícipe
otro en nombre de los dioses,
ése necesitan; no obstante es
su fallo, que destruya él
su propia casa e injurie
como a enemigo lo más amado,
y sepulte a padre e hijo bajo las ruinas,
si uno quiere ser como ellos y no sufrir lo desigual, el iluso.

Dichoso por ello aquél, que halló
deparado un dichoso destino, donde de las peregrinaciones
y pesares el recuerdo dulce
eleve aún su rumor en la margen segura,
para que hacia aquí y allá pueda gustoso
mirar hasta los límites, que con el nacimiento Dios
le señalara por morada.
Entonces reposa, venturoso en su modestia,
pues todo lo que ha querido,
lo celestial, por sí mismo ciñe,
inexpugnado, sonriente ahora,
que él reposa, al denodado.
Semidioses pienso ahora,
y conocer debo a los caros,
pues a menudo su vida
me conmueve el pecho anhelante.
Mas a quien fue dada como a ti,
Rousseau, invencible el alma,
la de vehemencia tenaz,
y seguro el sentido,
y dulce el don de oír
y hablar, de modo de hacer
desde una plenitud sagrada, como el dios
del vino, insensata, divinamente
y sin ley, comprensible a los buenos
la lengua de los más puros,
mas de cegar, con justicia, a los irreverentes,
a los siervos sacrílegos, cómo llamo al extranjero?
Todo aman, como la madre,
los hijos de la tierra, y así también acogen,
los dichosos, todo sin esfuerzo.
Por ello también se sorprende
el hombre mortal y se estremece,
cuando piensa en el cielo, que con brazos amantes
acumuló sobre sus hombros,
y en la carga del gozo;
a menudo le parece entonces lo mejor,
casi olvidado por entero estar allí,
donde el rayo no abrasa,
en la sombra del bosque,
en el fresco verdor junto al Bielersee,
y en sosegada pobreza de tonos,
igual a los principiantes, aprender de los ruiseñores.

Y magnífico es entonces resurgir
del sueño sagrado, y despertando
del frescor del bosque, ya al atardecer
ir al encuentro de la luz más suave,
cuando el que edificó los montes
y señaló el sendero de los ríos,
después de haber guiado aun, sonriente,
la atareada vida de los hombres,
pobre en aliento, cual velas
con sus aires, también reposa
y hacia la alumna ahora,
el formador, hallando
más bien que mal,
cae el día hacia la tierra actual.

 

Entonces celebran la fiesta nupcial hombres y dioses,
la celebran los vivos todos,
y ecuánime
es por un momento el destino.
Y los fugitivos buscan el albergue,
y dulce sueño leve los valientes,
mas los amantes son lo que fueron,
están en casa, donde se goza la flor
en brasa inofensiva, y el espíritu
envuelve en el susurro a los árboles lúgubres,
los no reconciliados, en cambio, están
transformados, y se apresuran
a tenderse las manos,
antes que la luz amiga descienda
y llegue la noche.

Mas para algunos esto
pasa fugazmente, otros
lo guardan por más tiempo.
Los dioses eternos están siempre
plenos de vida; hasta la muerte
empero, puede aun un hombre
guardar lo mejor en la memoria,
y vive entonces lo supremo.
Sólo que tiene cada cual su medida.
Pues difícil es soportar
la desdicha, pero más difícil la dicha.
Un sabio pudo, empero,
desde mediodía hasta la medianoche,
y hasta que brilló la mañana,
mantenerse lúcido en el banquete.

A ti puede aparecerse Dios en el sendero ardiente
bajo los abetos, o cubierto de acero
en la oscuridad del robledal, Sinclair querido,
o en las nubes, tú lo conoces, porque conoces, juvenil,
la fuerza del bien, y jamás está oculta
para ti la sonrisa del Soberano,
de día, cuando
febril y encadenado luce
lo vivo, o aun
de noche, cuando todo es confuso
y sin orden, y retorna
el caos antiquísimo.



(Traducción: Héctor A. Piccoli; fotos mías.)

martes, 18 de octubre de 2011

Aeropuerto de Frankfurt - Frankfurt Flughafen


(fragmentos de un diario)

La primera vez que pisé Alemania, el enorme aeropuerto de Frankfurt, comprobé un lugar común. Yo sabía que cada casa tiene su propio olor, y soy muy sensible a esas cosas (el olfato, mi sentido más eficaz, me ayuda). Pero jamás había salido de Argentina, así que hasta entonces nunca había podido experimentar que algo parecido se cumple, en realidad con creces, en cada país. 




Pero el olor que sentí en el aeropuerto, al principio, no me gustó: muy fuerte, grasa de repostería, frituras dulces, empalagosas. Ese mismo olor lo percibiría continuadamente en la ciudad, y en los otros rincones del país, pocos, que pude visitar hasta ahora. Por eso mismo ya es inseparable, en mi recuerdo, de Alemania toda (sería un verdadero desafío tratar de distinguir los olores de cada ciudad, de cada pueblo); y, aunque siga sin gustarme mucho la intensa repostería alemana, he cambiado de opinión y no puedo vivir sin ese perfume. 




Otro lugar común, en este caso meramente discursivo, es decir que el Frankfurt Flughafen es “una ciudad”. Sí, claro, he leído Los “no lugares”, del antropólogo francés Marc Augé. Y el aeropuerto es un ejemplo arquetípico de esos engendros modernos (o posmodernos), que no están hechos para estar sino para partir. Recuerdo una extraordinaria novela de Juan Martini, El fantasma imperfecto, que transcurre íntegramente en un aeropuerto innominado y se convierte en una especie de aplicación práctica, narrativa, claro que ficcional, del libro de Augé.
Sin embargo... El aeropuerto de Frankfurt es una ciudad, sí. Y a mí, por lo menos a mí, me dan ganas de quedarme allí, de olvidarme del exterior, del pasado (¡tan parecidos!), y deambular indefinidamente, casi hasta perderme, por sus interminables pasillos, veredas móviles, niveles, restaurantes, librerías, tiendas. 




Una vez, con dos acompañantes, esperando melancólicamente nuestro avión de regreso a Buenos Aires, vimos a una joven “asiática” salir de un sex shop. Su expresión, proverbialmente, no indicaba nada; parecía muy joven, pero tal vez no lo era. ¿Trabajaría allí?, era inevitable preguntarse. ¿Entró a sacar fotos? ¿Por error? No sé por qué nos parecía tan extraño que una joven “asiática” fuera usuaria de un lugar como ése, que después de todo está para eso, para usar. Me hubiera gustado entrar a ver lo que ella vio, a hacer lo que ella hizo.
En otra oportunidad, también éramos tres y también esperábamos para volver a Buenos Aires. Ya habíamos ido al free shop, cada uno con su lista de regalos y encargos (conjuro, siempre insuficiente, de la culpa), y aún queríamos desprendernos de los últimos, depreciados marcos. Juntamos entre todos casi un kilo de monedas y fuimos a una fiambrería. Compramos varios paquetes de salchichas, hasta que los recuerdos monetarios se transformaron en recuerdos comestibles. 




Llegar no es lo mismo que partir, qué novedad. Pero ¿y si digo que el aeropuerto al que llego no es igual que aquel del que parto? Pareceré loco, o pretenciosamente rebuscado, y lo acepto. Con todo, debo insistir. En el fondo, es otra obviedad, derivada de la primera: uno llega con todas las ilusiones, con todas las ganas de ver cosas nuevas, o las mismas, renovadas de secreta manera; y uno parte con algunas ilusiones cumplidas, otras no, y las ganas siempre misteriosamente intactas. Una melancolía que se refugia en el cansancio para no desesperar.
Uno llega al aeropuerto y éste es un lugar de paso, estrictamente; cuanto antes se deje, rumbo a la ciudad, mejor. Los trámites no siempre son sencillos (si alguien nos fue a buscar, puede demorarse; encargar un auto de alquiler por fax o e-mail es muy cómodo, pero no siempre eficaz; etc.); sin embargo, todo parece ir sobre ruedas: tarde o temprano (pero parece temprano), uno está fuera de un aeropuerto que apenas conoció. 




Uno se va, tiene que irse, no hay más remedio; pero debe arribar al aeropuerto dos horas antes, o más, si es ansioso y se apresura, previendo congestiones de tránsito u otros obstáculos. Entonces sí conoce el lugar, el “no lugar”: después de hacer los primeros trámites, sobre todo despachar el equipaje, quedan largos instantes para deambular por los interminables pasillos y salones. ¿Estos últimos minutos son una despedida piadosa, o sería mejor apurarlos también y partir de una buena vez? Racionalmente, me inclino por lo segundo; pero, ahora que lo pienso, cómo evitar el intento de disfrutar hasta el último segundo, incluso lo indisfrutable. Partir no es morir, partir es agonizar unos momentos infinitos, sin saber si lo mejor es quedarse o irse al fin, para empezar de nuevo, donde sea.

Goethehaus


(fragmentos de un diario)


19/10 (viernes)

Retrato de Maximiliane von Arnim (1845) de Caroline Bardua (1781-1864)


Biblia de 1704 (Frankfurt a. Main)

con concordancias en los márgenes

Der Alchimist (1761)

de Justus Juncker
(la mujer llora en 2.º plano, un hijo la consuela)


Estas breves anotaciones, en apariencia tan crípticas, las hice en el Museo Goethe, al lado de la Goethehaus. No entiendo mucho mi propia letra, así que no son demasiado confiables, pero ahí están, dudoso broche de oro de un diario en el que lo principal son los recuerdos, pero los recuerdos también son palabras. Sin embargo, contra todo el ya vetusto canon teórico actual, no sólo hay palabras. (Esto es para seguir hablándolo con Carlos, el poeta, que sabe mucho al respecto.)

El retrato mencionado en primer término está allí porque, en mi crasa ignorancia, me llamó mucho la atención la existencia de pintoras románticas, todo un tema para investigar (alguien ya lo debe de haber hecho, por supuesto).
La mención a la Biblia con concordancias es porque también me llamó la atención, por deformación profesional seguramente, la diagramación, tan “moderna”. No es que no haya nada nuevo bajo el Sol, pero...
Y lo tercero es interesante porque el alquimista puede aparecer como prototipo del artista (proto- más que pre-romántico), sobre todo en cuanto está absorbido por su tarea utópica y descuidando lo terrenal (la esposa y el hijo). Historia conocida.
De la casa y el museo Goethe tengo muchas fotos y folletos, así que estoy resguardado contra el olvido (!). Tal vez en otro momento intente redactar algunas cosas más al respecto.
¿Una anécdota para romper el hielo, quizás? Nada del otro mundo. Me hicieron dejar mi bolso en la recepción, pero volví dos veces para retirar la cámara de fotos y un rollo. Después, resultaba que no se podía sacar fotos del Museo (y en la Casa, sólo sin flash), todo lo cual no me lo había advertido la glacialmente amable chica de la recepción. Quizás porque no confió en que la entendería, dado mi precario inglés.
Parece que la Casa la reconstruyó una especie de Asociación de Amigos. Ya la poseían desde mediados de la década de 1850. Antes de la guerra (o de los últimos bombardeos), lograron poner a salvo el mobiliario. Después, rearmaron la casa como un Rasti, con sus propias piedras derruidas. Quizás esto sea una leyenda urbana, muy propia de los alemanes, pero no deja de ser interesante. Algunas de las cosas que están dentro de la Casa no son originales de allí (es evidente en el caso de las vitrinas), pero todo queda muy bien y da una sensación adecuada. Se las saben todas: en uno de los folletos explican que dentro de la Casa no hay marbetes explicativos para no romper el clima “hogareño” original dándole una índole de museo. Sin embargo, las vitrinas que mencioné antes sí dan un aire de museo. Igual, no molesta.
Otro folleto explica cuidadosamente cómo fue reconstruido cada piso, relacionándolo con los datos que hay en la autobiografía de Goethe, Poesía y verdad. (Vaya nombre para una autobiografía; es como si Maradona le hubiera puesto a la suya: Fútbol y verdad.)
Según se sabe, la familia de Goethe no era exactamente burguesa, o quizás sí de la alta burguesía. Pero no comercial, como la familia de Wilhelm Meister. (A propósito, en la Casa está el teatro de marionetas que se menciona en la novela.) El padre era funcionario imperial, de altísimo rango. La casa fue remodelada a partir de otras dos, compradas por la abuela paterna. Era de las pocas en la ciudad que tenía bomba de agua propia; los demás tenían que ir a pozos comunes. Había una cocinera y dos “doncellas” más, por lo menos. Goethe escribió allí el primer Fausto (Ur-Faust, creo que se dice) y el Werther, entre otras cosas menos famosas. Pero todo da la idea de que su ida a la Universidad y luego a Weimar significó para él un crecimiento importante, al despegarse del agobio que esa casa debió implicar de todas maneras (el peso de varias generaciones de importancia). Creo que volvió poco por allí. Sin embargo, sigue siendo considerado “el francfortés más importante”, el “hijo dilecto de Frankfurt”, etc.
(Parece que sí andaba de juerga por la región del Rin que es mi preferida, con su amigo Brentano y algún que otro atorrante de la época. Las distancias eran mucho mayores en la época, pero me los imagino a caballo, de pueblo en pueblo, buscando aventuras que no dejaran demasiadas huellas.)
En el Museo es notable (cosa que aclara bien el correspondiente folleto) cómo Goethe hizo de sí mismo un monumento en vida. Difícilmente haya habido un proyecto tan claro como el de él, en su siglo. Nada que ver con la (¿relativa?) precariedad romántica. 





Sitio oficial.

Schloss




Johanissberg, el nombre del pueblito, significa algo así como “colina de (san) Juan”. También es el nombre del castillo que domina, precisamente desde la colina, un hermoso paisaje que desciende, por los viñedos, hacia el Rin. El Schloss, en realidad, no es exactamente un castillo, sino más bien una mansión, y no muy antigua. Sí lo es la capilla que la flanquea.
Según me cuenta mi anfitrión, el Schloss ya fue vendido a un multimillonario, pero la última baronesa Von Metternich aún habita un ala del edificio, privilegio que cesará con su muerte, quizás próxima.
Mientras tanto, la muy anciana señora, que responde (si oye) al bello nombre de Tatiana, conduce un impecable, modernísimo BMW por las colinas y los valles del lugar, una y otra vez, saludando amablemente a los pobladores, que en otros tiempos hubieran sido sus vasallos, y escribe versos que publica en lujosas ediciones de autor.
Mi anfitrión, como sacerdote del pueblo, ha merecido un ejemplar, dedicado, cuyas tersas hojas recorro, sin entender.

Sitio oficial del Schloss Johannisberg. 

lunes, 17 de octubre de 2011

Rüdesheim



Caminaba por la Drosselgasse, en Rüdesheim, “la calle más estrecha del mundo”. ¿Qué importancia podría tener esto? Bueno, justamente, es un lugar “típico”, “para turistas”, que los propios alemanes “desprecian”. Pero a mí me gusta especialmente. Parece resumir un montón de cosas que amo de Alemania: la pátina —mucha veces falsa— de tiempo, la vieja madera, el toque seudomedieval, “de cuento de hadas”, ciertos aromas. Todo kitsch, por supuesto, y qué; ésa es la idea.
Son, si son, doscientos metros de cantinas, una enfrente de la otra, de la que salen olores grasosos y música inaceptable. Pero en un punto, como siempre, indefinible, la alegría, y quizás la belleza, son auténticas. No me pregunten por qué creo eso.
La cuestión es que estaba caminando por allí, en medio de una amable multitud, cuando vi avanzar, en sentido contrario, a alguien muy parecido a mí. Hubiera querido decir de entrada que era yo mismo, pero sería otra cosa injustificable. De hecho, al principio sólo pensé en cuán parecido era; más joven, claro, pero solamente unos años. Sólo después, cuando estábamos bastante lejos, en direcciones contrarias, repito, me di cuenta de que el tipo tenía puesta ropa que era indudablemente mía, que había sido mía.
Por supuesto, por más que me volví e intenté alcanzarlo, o al menos verlo de espalda, no lo pude hacer. Fue sólo un “flash”, nada confiable, pero la imagen me siguió unos días, que ya, ahora que lo escribo, son años. Un tipo igual a mí, con menos canas, con ropa que ya no tengo, caminando por el centro del mundo, la trivial Drosselgasse, de Rüdesheim, Alemania.
Lo recuerdo en momentos malos; en cualquier momento, si vamos al caso. No hay mucho más que decir. Sé que el tipo tenía todo el aspecto de estar en paz consigo mismo, de haber encontrado su lugar en el mundo. Pero eso no es posible, es sólo algo que yo imagino, lo verdaderamente fantástico de todo este asunto.


(fotos mías)

sábado, 15 de octubre de 2011

Winkel


Brentano Haus, Winkel.


Por fin, un día, estuve solo en Johannisberg, con algo de tiempo por delante. Eran casi las cinco de la tarde, pero confiaba en poder hacer la deseada incursión a Winkel, a orillas del Rin, y quizás un poco más allá. Encaré los dos kilómetros por la ruta, decidido. Era el camino hecho mil veces, todas las mañanas, con el coche. Y de vuelta a la noche, en plena oscuridad. Pero esta vez, a pie, la cosa se ponía difícil. Mucho pasto y algo de barro, nada muy sólido. No hay propiamente banquina, sino la franja, irregular en ancho y altura, que van dejando las viñas, más o menos a su capricho. (Un par de años después, descubriría que era mucho mejor bajar a través de los viñedos, aunque tardara más.)
Los que pasaban en coches, motos, incluso en tractores, me miraban extrañados, o así me pareció, no soy confiable para estas cosas. Por suerte, no pasó la Polizei, con sus impolutos autos blancos y verdes. ¿Qué hubieran pensado de ese extemporáneo peatón con facha de árabe?
Había una familia haciendo un picnic crepuscular en un recodo de los viñedos. El sol estaba cayendo a gran velocidad, aumentada por mis aprensiones.
Debo haber llegado a Winkel a las seis. Atravesé rápidamente el pequeño pueblo, deteniéndome sólo a ver un poco más de cerca la Brentanohaus (que resultó un restaurante, no un museo, como siempre había creído). Después, crucé la ruta, tan peligrosa, hasta la misma vera del Rin. (Un par de años después, descubriría que había túneles para eso.)
Sí, resultó muy poco tiempo, pero tenía que volver antes de que anocheciera. Lamenté no haber podido seguir caminando. Oestrich estaba ahí no más, pero ¿cómo iba a regresar en medio de la noche, por esa ruta oscurísima? La cuestión es que volví en pleno atardecer. En un recodo, hasta pude ver el castillo de Johannisberg bellamente recortado frente a un sol declinante, que de paso doraba las cimas de las vides.
Seguramente la gente que pasaba en sus autos impecables seguía mirándome con extrañeza, pero ahora yo ya no veía sus caras tan claramente. Y me importaba menos. Llegué más rápido de lo que creía, como suele pasarme; con muy poco aliento. Estaba cansado, pero también eufórico, lo reconozco.
Ah. Recuerdo que, cuando pisé la orilla del Rin, me agaché para tocar el agua y no pude. No sé por qué, pero no pude.

jueves, 13 de octubre de 2011

Buchmesse

Algunas fotos de la Feria (oficiales; próximamente, cuelgo las mías).


Panorama del patio central, con Messe Turm al fondo. A la derecha, pabellón alemán.



Shuttle bus para moverse entre pabellones (las distancias son grandes).



Panorama de un pabellón, creo que es el 4.




miércoles, 12 de octubre de 2011

Wiesbaden



Una noche, mi anfitrión me lleva, impensadamente, a Wiesbaden. La lujosa ciudad que, durante la segunda guerra mundial, los Aliados dejaron sin bombardear, para poder usarla luego como base de operaciones.
Caminamos con bastante rapidez por calles mayormente desiertas. Pero la velocidad no impide que él haga su habitual faena de guía turístico.
En el casino —me dice—, Dostoievsky perdió todo lo que tenía, y su mujer tuvo que pedir limosna en las calles de la ciudad. Esto me hizo transitarlas con cierta unción. En esta clínica —señala—, se interna de vez en cuando Kadafi, para tratar su esquizofrenia; pocos los saben.
La noche estaba bellísima y pude ver bastante, pese a lo raudo del trayecto. Por ejemplo, una calle con muchísimos bares y, cerca, una fuente de agua termal, que hay que pasarse por las manos, porque es curativa. (A mí no me hizo especialmente bien, que yo sepa.) Toda la ciudad está llena de fuentes, y sale vapor de las alcantarillas, porque —me dice mi guía— aguas hirvientes recorren los subsuelos. En todo caso, esto daba a la noche y a la ciudad un aspecto algo fantasmal.
En realidad, fuimos allí con un propósito específico: saludar, para demostrarles solidaridad, a unos amigos de mi anfitrión, afganos, que tienen un bar allí. Apenas unos días atrás, Bush había ordenado los primeros bombardeos contra su pobre país, una guerra que ahora nadie recuerda.
Raro: un cura y un editor argentino, algo despistado, en un bar de trampa, si no vi mal. Una rubia que alguna vez habría sido espectacular estaba sentada en la barra y charlaba con un par de muchachos. Había sólo dos o tres mesas, con parejas equívocas (una, con un perro de aguas).
Los dueños del bar eran exiliados de algún régimen anterior, no sé cuál; aún no tenían noticias de sus familiares, las comunicaciones ya se habían cortado. Uno de ellos habla un alemán perfecto —me dice mi anfitrión—, prácticamente “sin acento”.

martes, 11 de octubre de 2011

Mainz

En la ciudad de Maguntia —Mainz, Maguncia, Mayence, según el folleto que uno elija en la entrada—, en la confluencia de los ríos Rin y Meno, donde nació Gutenberg, hay un museo en el que se exhiben los primeros libros impresos con su diabólico sistema (que, en realidad, desarrolló en Estrasburgo y fue todo un fracaso en su momento).




Esos libros están resguardados en una bóveda a la cual no puede entrar mucha gente por vez. Apenas hay luz, y uno debe inclinarse frente a vitrinas herméticas, para observar de cerca esas maravillas a las que cualquier cosa parece poder dañar: la luz, el aire, el polvo, la mirada. Esto, y el ambiente en general, producen un ambiente de unción, obviamente religioso. Es una luz de catedral.
Difícil no detenerse más de lo cortés, aunque se haya tenido que esperar lo que parecieron (también) siglos, ante la descortesía del predecesor en la larga fila. 

Los enormes libros parecen dibujados más que impresos. Obras de arte en sí mismos, de una belleza extraña, mezcla de antigüedad y modernidad. Precisamente,  situados en esa frontera inasible entre una y otra.
Uno sale de esa bóveda, hacia la funcional sala del museo, con la mente en blanco, como retenida por la magia laica de esos libros, malditos.