sábado, 25 de febrero de 2012

Discover Germany - DW


Discover Germany, the TV Travel Guide, takes you to Germany’s most beautiful destinations every week. From Sylt to Garmisch-Partenkirchen, from Aachen to Zittau – each edition presents a particular region, city and landscape.


Discover Germany shows the country in all its variety. Its cities, towns, nature and landscapes. There are always plenty of ideas for what to do and see when you come to Germany.
The special local attractions of particular regions are also presented.
Travel is not just about places and attractions it’s also about people and their own experiences and impressions. In our „My...“ segment we accompany a tourist to see how they fare on their German adventures. Our recommended spot gets some insider tips from a local.  Tips you won’t find in any of the guides.



viernes, 17 de febrero de 2012

Instituto Goethe


Estimados lectores:

¡Los esperamos a partir del martes 28 de febrero con las puertas de la biblioteca nuevamente abiertas!

Atenderemos al público en nuestros horarios habituales: lunes, martes y jueves de 14.30 a 19.30 hs. y viernes de 12.30 a 16 hs..

Les recordamos además que el préstamo del material retirado en diciembre de 2011 no podrá renovarse.

Saludos cordiales,

Goethe-Institut Buenos Aires
Biblioteca & Información

martes, 31 de enero de 2012

El Rin de Víctor Hugo


Crónica de una lectura

- Víctor Hugo, El Rin, trad. de Roberto Mansberger, Barcelona, Laertes, 1995.

Siento una euforia extraña a medida que avanzo. La traducción no parece impecable —o soy demasiado desconfiado—, pero se disfruta igual. No es sólo un libro de viajes: combina historia y política, sin duda a la manera romántica, como corresponde a su autor.
Curiosamente, Hugo condensa tres viajes que hizo al Rin, en tres años sucesivos, igual que yo (por ahora).
A veces quisiera leerlo instantáneamente, por ósmosis o como si engullera una gragea, y conocerlo todo de golpe; otras, que no se termine nunca. Ni una ni otra cosa van a pasar, obviamente, y está bien que eso suceda, es el destino de los libros, y del placer que dan: infinito y a la vez limitado; satisfacen y a la vez dejan sedientos; nada impide volver a experimentarlos, pero nunca es como la primera vez.
¿Igual que un viaje?
Prácticamente terminé de leerlo; me queda pendiente la extensa leyenda que está promediando el libro.
No me decepcionó, aunque siempre espero más, insaciable.
Tiene capítulos dedicados a Frankfurt (Francfort, dice, correctamente castellanizado; bueno, casi, falta el acento en la a), Colonia, Mainz (Maguncia), Heidelberg (ésta no se adapta).
¡¡Menciona un par de veces las colinas de Johannisberg, y el mismo pueblo!! La cita exacta, que según Hugo la extrae de una guía tudesca de las orillas del Rin, es: “Detrás de la montaña de Johannisberg se encuentra el pueblo del mismo nombre con cerca de setecientas almas que recolectan un vino excelente” (pág. 115).


Vi este libro por primera vez en una Feria del Libro de Buenos Aires, no sé en qué stand, pero por esas tonterías del destino —o por vulgar tacañería— pasé de largo, no quise comprarlo. Obviamente, jamás volví a verlo. Lo busqué en Internet, en la impresionante colección de textos digitales franceses Athena (más exactamente, en Gallica), pero aún no lo han puesto ahí, aunque figura como “próximamente”.
Finalmente, lo compré por Internet en la librería Santa Fe.
Vale la pena todo este prolegómeno, como vale la pena el libro. Ya algunas cosas fui volcando a medida que lo leía, en mis “Diarios de viaje”, el nuevo género que estoy intentando, el único que me faltaba, creo.
Es un libro delicioso.
Hugo hizo tres viajes, pero como que los resume en uno. Sale de París, atraviesa la parte de Francia que da a Alemania y llega por fin al Rin. Nunca va a dejar de recordar que esa orilla debía ser francesa, la “cuestión renana” estaba de moda y el río mismo lo estaba. Claro, pleno romanticismo, tanto para alemanes como para franceses se había convertido en un lugar común, pero para éstos estaba más alejado.
No tengo por qué aclarar que la lectura de este libro fue muy especial para mí. Encima, habla de Rüdesheim y hasta de Johannisberg. No puedo resistirme a consignar acá también la frase en que lo hace. Menciona un par de veces las colinas de Johannisberg, y el mismo pueblo. La cita exacta, que según Hugo la extrae de una guía tudesca de las orillas del Rin, es: “Detrás de la montaña de Johannisberg se encuentra el pueblo del mismo nombre con cerca de setecientas almas que recolectan un vino excelente” (pág. 115). El subrayado es del autor y no puedo expresar las resonancias que tiene en mí. Cualquier palabra sería escasa, y por algo estoy escribiendo esos diarios.
Por lo demás, aunque yo no sea muy objetivo, El Rin se lee como una novela. Hugo es un gran escritor y se nota —lo hace notar— a cada paso: en los minirrelatos que va enhebrando, así como en la gran leyenda, más “literaria” de Porcupín que introduce en medio del libro. Interesante rastrear un par de lugares comunes, quizás muy románticos, o de la imagen que uno se hace de lo romántico: el hombre contra la naturaleza, el progreso contra la historia, etc.


lunes, 30 de enero de 2012

domingo, 22 de enero de 2012

Bingen


Por bastante tiempo creí que estaba en Bingen, pero resulta que esta ciudad, célebre precisamente por santa Hildegarda, está “del otro lado” del Rin (respecto de Johannisberg). 

Abadía de Bingen
 Así que estuvimos, en realidad, en Eibingen, que está “de este lado”. Hay allí un monasterio hermoso, con paredes de piedras marrones y dos torres triangulares; cerca, una iglesia de peregrinación. (Ésta es la verdaderamente antigua, aunque no lo parezca; el monasterio aquél data apenas de principios del siglo XX; como muchos similares, fue construido en estilo “imitación románico”.)

Abadía de Bingen (entrada)

 Todo recuerda a unas de las santas nacionales alemanas, de la Edad Media, feminista avant la léttre, autora de canciones y poemas místicos en una época no precisamente muy proclive a aceptar esas cosas en las mujeres. También es una precursora de la medicina natural, aunque esto me suena más raro.

Claustro de Bingen
Claustro de Bingen - Estatua de santa Hildegarda
Hay varias estatuas que la recuerdan, y el monasterio tiene hermosos frescos y una “tipografía” muy peculiar en las paredes. Le saqué fotos porque quizás pueda usarla algún día: deformación profesional, goce suplementario.


Interior de la abadía
Estas iglesias quedan entre el Rin, que se ve allá abajo, siempre hermoso, y las colinas repletas de vides que son características de la región. Uno no sabe con qué quedarse o qué mirar. Claro, es un paisaje esencialmente romántico pero, pensando en santa Hildegarda y otros de su estirpe, no hay dudas de que también es un paisaje místico.
Sólo hay que imaginar los inviernos helados y los otoños brumosos de la zona; las noches prematuras que parecen también eternas; la humedad que todo lo penetra; el sol escaso, pero que cuando sale parece una bendición especial, simbolizada en el brillo de las uvas pletóricas.
Todo esto remite a estados de ánimo muy especiales, no es ningún descubrimiento ni pretendo que lo sea. Los románticos eran místicos a su modo, aunque a veces sobreactuaban.
Me acuerdo un poco de lo que dice Bjork sobre Islandia: en lugares así, en donde siempre parece ser de noche, no se puede hacer mucho más que beber, cantar y hacer el amor. Acá, a orillas del Rin, podemos ver el vino, la música y, a su manera, el abrazo erótico que, románticos o místicos, los famosos de la zona prodigaban a su manera.


Algunos links sobre santa Hildegarda de Bingen






(Todas las fotos son mías.)

miércoles, 18 de enero de 2012

Renania-Palatinado

Alemania Romántica

¡Bienvenidos a Renania-Palatinado!

Ingrese a una de las más variadas y fascinantes regiones de Alemania. Impresionantes ríos y paisajes montañosos, siempre distintos y sorprendentes, esperan a ser descubiertos. Castillos imponentes, vinos refinados, ciudades medievales... Renania-Palatinado le espera!





lunes, 16 de enero de 2012

lunes, 9 de enero de 2012

Bacharach

Out of the big city in Bacharach, Germany

bacharach While Berlin and Munich in Germany are both big cities with a lot to offer, it's sometimes nice to get away from the crowds and experience unspoiled old-warm charm at a more laid-back pace. A trip to Bacharach will give you the chance to sip vino in wine country, interact with locals, and relax right on the Rhine River.



Sigue acá.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Vino de manzana - Apfelwein


Vino de manzana (© Arne Dedert dpa/lhe, picture-alliance)


Alemania es famosa por sus vinos y cervezas, pero también el vino de manzana es un producto muy consumido entre la población. Al igual que la Sidra en España y México, la Nikka Rosé de Japón o la Cidre francesa, el Apfelwein proviene del jugo fermentado de la manzana y es la bebida nacional del Estado federado de Hesse.   
Hay de diferentes clases, cada uno tiene un sabor diferente que se caracteriza por el tipo de manzana utilizado para fabricarlo. La característica general de esta tradicional sidra alemana es su sabor agrio .
El “Ebbewei” o “Stöffche” como se le conoce en el dialecto de Fráncfort del Meno, empezó a producirse en Alemania desde el año 800 de manera artesanal. Los caballos jugaban un papel primordial en su elaboración, ya que eran los encargados de tirar de los aparatos que machacaban la manzana.
Para obtener el jugo se metía la pulpa en telas de algodón y se exprimía. Una vez listo, el jugo se introducía en barriles de roble y se fermentaba gracias a levaduras, no se agrega azúcar ni otros aditivos en su elaboración.
Actualmente se producen 40 millones de litros de este vino en Alemania, el 70% se consume en el Estado federado de Hesse. Su costo aproximado es de 1.20 euros por litro.
El “Ebbewei” se sirve en vasos de cristal cortado conocidos como “Gerippten” que tienen un volumen de 0.3 litros, medida llamada “Schoppe”. Este vino se distribuye en botellas pero se acostumbra servir en jarras antes de servirse.
Si bien la mayor parte de los consumidores de sidra alemana son adultos mayores, hoy en día empieza a tener éxito entre los jóvenes. Este repunte se dio luego de una caída en el consumo de esta tradicional bebida alcohólica.
Para que resultara más atractivo para este segmento de la población, comenzaron a llamarlo “Äppler” y a comercializarlo en paquetes de seis pequeñas botellas “listas para beberse.”
También famosas entre los jóvenes son las mezclas como la de Apfelwein con agua mineral llamada “G'spritzte” y con limonada conocido erróneamente como dulce o “Süßgespritzte.”
Resulta interesante mencionar que el año pasado hubo un debate en torno a esta bebida en la Unión Europea. Una grupo solicitó que se prohibiera denominar a la sidra alemana como vino, ya que esta denominación debía utilizarse exclusivamente para la bebida producida a base de jugo de uva.
Sin embargo este debate no prosperó. Los productores de Apfelwein de Hesse festejaron con un “Schoppe” de “Ebbewei” y podrán seguir utilizando el nombre.
Ya conocés los nombres y las variedades, ahora sí estás listo para visitar Fráncfort o sus alrededores y saber de qué te hablan en los bares... 

CAI

(Gentileza de la Embajada de Alemania en Buenos Aires)

martes, 6 de diciembre de 2011

Instituto Goethe

Estimados lectores:

Les recordamos que la próxima es la última semana de apertura de la biblioteca y que aún pueden aprovechar el préstamo de verano y las ofertas de libros usados (novelas, ensayos, cuentos entre $5 y $15 y libros ilustrados entre $15 y $30).

El receso de verano se prolongará desde el 19 de diciembre de 2011 hasta el 27 de febrero de 2012, día en que reabriremos las puertas.

¡Les deseamos a todos muchas felicidades!

Goethe-Institut Buenos Aires
Biblioteca & Información

jueves, 10 de noviembre de 2011

Regreso al Rin


(fragmentos de un diario)




“Sentí una gran emoción; como si el ver la tierra que se aproximaba hubiera puesto en marcha algún mecanismo interno. Sin haber llegado nunca a formular la idea, yo siempre había basado parte de mi conciencia de estar en el mundo en la convicción no razonada de que determinadas zonas de la superficie terrestre contenían más magia que otras. Si me hubieran preguntado qué entendía por magia, seguramente habría definido el término diciendo que era una conexión secreta entre el mundo de la naturaleza y la conciencia humana, un pasaje oculto pero directo que elude la mente. (La palabra clave aquí es ‘directo’, porque en este caso equivalía a ‘visceral’.) Como cualquier romántico, había estado siempre vagamente convencido de que algún día llegaría a un lugar mágico que me revelaría sus secretos y me daría sabiduría y éxtasis..., quizá incluso la muerte. Y en aquel momento, mientras estaba allí con el viento de cara, contemplando las montañas, sentí agitarse el motor interno, como si estuviera acercándome a la solución de un problema aún no planteado. Una dicha asombrosa me embargó mientras contemplaba el muro de montañas que se iba materializando lentamente; pero me dejé arrastrar por aquel gozo sin hacer preguntas”
(Paul Bowles, Memorias de un nómada).


—O Reno —dijo mi anfitrión.
Tardé algunos segundos (no sé cuántos, ahora me parecen muchos) en comprender a qué se refería. Hablaba en portugués.
Sí, había dicho “O Reno”, señalando a su izquierda, sin dejar de manejar, por supuesto, y siempre mirando al frente, a la despejada, impecable ruta alemana. Creo, incluso, que lo repitió un par de veces. Entonces me di cuenta, algo en mi subconsciente tradujo con significativa morosidad: el Rin. Esa estrecha franja de agua amarronada (surcada en ese preciso momento por un extenso lanchón carbonero) era el río Rin. Fue la mejor manera de saberlo. Nadie me había avisado que íbamos a pasar por ahí; mucho menos, a vivir tan cerca.
Era el río Rin.
Creo que ahí, entonces, empezó todo. Una oleada de pasado... No, no enseguida. Pero ahí empezó. Han pasado años desde entonces. Nada grave: volví a ir dos, tres veces más; pero ha pasado mucho tiempo y sigo preguntándome qué sentí exactamente en ese momento, y a partir de entonces; qué sentí que produjo en mí esta pasión desvaída, esta obsesión por... tantas cosas. Veamos algunas.

De Frankfurt (después de todo, se supone que voy allí para la Feria del Libro) a Johannisberg, el pueblito donde paramos, hay unos sesenta kilómetros; la mayoría, por una ruta cuyo número tiene reminiscencias inoportunas: la 66. Muchos pueblitos se agolpan a uno y otro lado: a veces, por encima del nivel de la vista, sobre las colinas; otras por debajo, en profundas hondonadas. Dan ganas de recorrerlos uno por uno, sabiendo que serán iguales y diferentes a la vez. El sol se oculta casi al frente. A medida que nos acercamos al Rheingau, se van iluminando los interminables viñedos, que cubren las laderas cortadas en las colinas como un patchwork de mil tonos verdes.
Cuando los pueblos están más cerca de la ruta (a la derecha, porque a la izquierda continúa el Padre Rin), se advierten sus fachadas medievales, sus “entramados de madera”, sus tejas superpuestas. Callejuelas irregulares y angostas. Alguna iglesia, alguna mansión que suele llamarse castillo, alguna pensión u hotel que aprovecha el prestigio turístico de la zona. No pretendo ser el único fanático, el único rendido a la fascinación (kitsch, ¿por qué no?) de un romanticismo de tarjeta postal. Bienvenido sea. Bienvenidos sean todos los que quieran compartir esta extraña euforia, esta inexplicable nostalgia, que estoy tratando de describir, ya que no puedo explicar.
Ese primer día, por la tarde, nuestro anfitrión nos cargó en su auto y, sin dar mayores explicaciones, nos llevó a recorrer la orilla del Rin, hacia Rüdesheim. Primero pasamos por el Niedenwald Denkmal, el monumento a la guerra franco-prusiana. No es muy agradable la conmemoración, probablemente, pero lo valioso es que está situado en una colina boscosa, muy verde, desde la cual se domina el río y parte del valle. Uno podría quedarse horas allí, absorbiendo detalles, tratando de traspasar la niebla a pura “voluntad visual”, por así llamarla. Hay tiendas de souvenirs, por supuesto, y una vieja máquina que convierte monedas en medallas. (Algo así como convertir una guerra en un monumento; como recordar la sangre inútilmente derramada mediante una vista inigualable.)
Después seguimos por las orillas del Rin. Nuestro anfitrión iba señalando, como a desgano, sin darse cuenta de la importancia de lo que decía: “Un castelo.... otro castelo...” Yo sacaba fotos espasmódicamente, en cantidades japonesas. Algunos castillos están en ruinas, otros están restaurados. Uno, en medio del río, se usa como salón de fiestas; otro ha sido comprado, precisamente, por ricos asiáticos. Vieja costumbre: los que tienen bandera izada, es porque el dueño está en ellos. El día estaba nublado, y caía de vez en cuando una llovizna molesta, casi una mera condensación de la humedad ambiente, propia de esa zona de viñedos, un microclima. De pronto, se me trabó la máquina de fotos, una vieja Yashica que mi padre me había prestado a regañadientes. No es éste el único detalle psicoanalíticamente obvio de todo el asunto... La cuestión es que, por supuesto, tuve que dejar de sacar fotos; peor aún: cuando volví a la casa de nuestro anfitrión, intenté sacar el rollo, con el esperable resultado de que lo velé. Así que no pude rescatar ninguna foto de esos castillos: otra prueba, por si hiciera falta, del poder de la culpa.
Johannisberg no es muy medieval que digamos, pero igual me parece de cuento de hadas. Unas pocas manzanas de casas “viejas” (en realidad, es el estilo alemán de construcción; la mayoría ni siquiera tiene el famoso entramado de madera, pero son amplias, sólidas, austeras, un poco monótonas; los techos de pizarra —parecen escamas de pescados— sí son característicos), rodeadas por colinas, viñedos y algún que otro castillito.
Las calles son empinadas; a veces, una caída muy abrupta deja ver un horizonte de viñedos, entre dos casas. Una subida, también bastante pronunciada pero en sentido inverso, lleva a una vista increíble de los alrededores; sobre todo, de un convento que parece un castillo y que, según la densidad del aire, a veces parece estar muy cerca y otras muy lejos: una columna de humo que sale de la chimenea rompe la ilusión de inmovilidad y, casi diría, de intemporalidad. Murallas de piedras (que sí parecen muy viejas) contienen a las hileras de vides; creo que tienen alguna función respecto de la humedad o la solidez del suelo. Las uvas son pequeñas y amargas, parece mentira que produzcan el riesling más famoso del mundo. Debo confesar con cierta vergüenza que prefiero el también famoso lieberfraumilch, dulcísimo y suave, que los expertos desprecian calificándolo como una especie de “limonada”.
El llamado castillo de Johannisberg (Johannisberg Schloss) es en realidad una señorial mansión, no demasiado antigua, flanqueada por una capilla preciosa, ella sí antigua, de estilo románico y gran austeridad, como para compensar (estrategia típicamente burguesa de negociación con Dios). Este lugar pertenece, o pertenecía, a la familia Metternich, la del célebre canciller prusiano, factótum de la Santa Alianza antinapoleónica. Según me cuenta nuestro anfitrión, el Schloss ya fue vendido a un multimillonario, pero la última baronesa Metternich aún habita un ala del castillo, privilegio que cesará con su muerte, quizás próxima. Mientras tanto, la anciana señora conduce un lujoso BMW por las hermosas colinas plenas de viñedos, y escribe versos que publica en lujosas ediciones “de autor”.
Como ya dije, el riesling de la zona es famoso; el de Johannisberg, particularmente. Sólo en el pueblito debe de haber unas veinte bodegas; nada espectaculares, la mayoría de ellas: son empresas de familia, con cantidades variables de terreno y pequeños galpones. Generalmente, nos toca el tiempo de la vendimia, mediados de octubre. Tractores y camiones de carga atraviesas las callejuelas del pueblo y se meten en esos galpones oscuros, a verter sus aromáticos líquidos. No tan aromático (o sí, pero en sentido apestoso) es el residuo que se deja en las banquinas, en pequeñas montañas que se destinan para futuro abono. En el patio del castillo, vimos cómo un tractor dejaba su carga en su depósito (éste sí era grande). Un experto se detuvo a sacar —seguramente para evaluar su calidad— un poco de líquido de la manga que salía del tractor y se internaba en las profundidades de la bodega. Sorprendentemente para un lego, el “vino” en esa etapa de su procesamiento es un líquido espeso, de fuerte aroma a uva y alcohol, muy sucio. Una elegante tienda, situada cerca de la bodega y siempre dando al patio, muestra los increíbles resultados de una transformación que parece mágica, y así de alguna manera ha sido juzgada a través de los siglos. Se dice que fueron los romanos quienes plantaron las primeras vides en esta zona privilegiada por su humedad y su sol esquivo pero hermoso (quizás precisamente por esquivo).
Alguna gente vendimia a mano, sobre todo, claro, en los pequeños campos; otra, mediante unas máquinas muy graciosas y eficaces, especies de tractores con dos altas “patas”, entre las cuales quedan aprisionados los racimos. Atrás tienen acoplado un recipiente en que se va depositando el material; éste es el recipiente que, acoplado a su turno a los tractores, o pequeños camioncitos, desemboca en las oscuras bodegas.

Mi rutina: me despierto cuando aún es de noche, alrededor de las seis. Me ducho, me visto para ir a la Feria, tomo apresuradamente unos sorbos de café y salgo para ver el amanecer en Johannisberg. Amanece prácticamente del lado del Rin. El sol va apartando con bastante rapidez la niebla habitual que pende sobre las colinas y los viñedos. Desde un lugar apenas elevado, es posible ver el río. Lo gris de la hora se va tiñendo con los colores debidos: un verde cada vez más verde en la vegetación, un celeste cada vez más celeste en el cielo, si hay suerte. La hondonada donde corre el Rin mantiene durante un poco más de tiempo el gris de la niebla, que se irá despejando luego, a medida que lo atravesemos con el coche. Los primeros rayos de ese sol horizontal ya reverberan, hasta lastimar los ojos, en las ventanas de los dos castillos que bordean el pueblo.
No hay mucho movimiento en esas tempranas horas; se nota que la panadería está abierta (nuestro anfitrión sale muy tempranito a buscar el pan fresco: unas hogazas redondas y altas, crujientes, ideales para untar con manteca...). Algunos autos abandonan el pueblo por el camino que va hacia la orilla del río, el que tiene el gigantesco tonel a su vera. Gente de a pie, muy poca. ¿No se vendimia temprano? Parece que no es necesario.
Vagabundeo media hora, no más, a un ritmo acelerado, como si quisiera absorber todo el espectáculo que pueda. No sé si mañana se repetirá, porque puede amanecer nublado y seguir así. Y llover. O suceder cualquier otra cosa que me lo impida (y me obligue a esperar otro año para repetir estos rituales obsesivos). Pero lo hice varias veces, y todas parecen una sola, aunque siempre hay nuevos detalles que se van “sumando”.
El sol se eleva finalmente sobre algunas casas particularmente bellas (quizás su luz las hace ver así). Saco algunas fotos, si veo la ocasión. Pero esto ocurre, es decir, puedo presenciarlo, los días en que no vamos a la Feria y puedo caminar hasta más tarde. Luego, vuelvo a terminar el desayuno con mis acompañantes, que se han demorado un rato más en la cama, y preparar los últimos detalles de la partida.
Me despido del pueblo rumbo a Frankfurt, la Gran Ciudad, sabiendo que a la vuelta ya será de noche y nada se verá igual.

Bowles (el autor de The Sheltering Sky), en la cita con que encabecé este deshilvanado texto, se refiere a la impresión que lo asaltó cuando, en la década del treinta, llegó por primera vez a la costa africana. Pero lo que dice parece bastante aplicable a mi caso, más allá de mi manía (si digo “benjaminiana”, ¿se me perdona?) de identificarme con todas las frases buenas de los buenos autores.
Cuando llegué por vez primera a Alemania, y sobre todo cuando mi anfitrión señaló el Rin, sentí, efectivamente, que se ponía “en marcha un mecanismo interno”. No podría expresarlo mejor que Bowles —eso estoy tratando de hacer al escribir todo esto—, pero suscribo por ahora que “yo siempre había basado parte de mi conciencia de estar en el mundo en la convicción no razonada de que determinadas zonas de la superficie terrestre contenían más magia que otras”. No estoy tan seguro de lo que sigue, de que esa magia se debiera a o se definiera como “una conexión secreta entre el mundo de la naturaleza y la conciencia humana”. Desconfío de la naturaleza, si es que existe. (En esto, para seguir con la manía citante, estoy de acuerdo con otro buen escritor, José Pablo Feinmann, a quien no le gustan mucho los “paisajes”, a excepción de aquellos que revelen las marcas de la historia, es decir, de la terrible y a la vez admirable mano del hombre.)
Pero, sin dudas, a mí también “una dicha asombrosa me embargó”, y “me dejé arrastrar por aquel gozo sin hacer preguntas”.
En ese momento, porque ahora me las hago, y cómo.
¿Serán —como dirían los psicólogos— ganas de huir de lo cotidiano, de estar “en otra parte”, de no ser yo, el mismo, en la misma piel? No quiero ponerme solemne... Me pregunto por qué no viajé cuando era joven y no tenía compromisos. La falta de dinero, con ser cierta, es sólo una excusa. Cobardía sería una respuesta más cercana a la sinceridad, aunque no explique todo. Siempre me costó viajar solo (aún hoy) y nunca tuve con quién. Esto también es cierto. Pero no impide que me arrepienta miserablemente.

Sin embargo, se trata de Alemania, no de cualquier otra parte.
Alemania... Durante mucho tiempo, las connotaciones que para mí tenía ese país eran muy claras, hasta banales: nazis, fábricas, frialdad. Dicho en colores: el negro de los uniformes, el gris del cemento, quizás el blanco de la nieve... Pero esa propia banalidad era una señal que debí entender mucho antes. Porque, al mismo tiempo, Alemania es (para mí, profesor en Letras, y para cualquiera): los más grandes músicos, los más grandes poetas, los más grandes filósofos. Mozart, Bach, Goethe, Hoelderlin, Marx, Adorno.
Alemania. El Rin.
Y algo más todavía: los cuentos de hadas. Es decir, la infancia; es decir, diversas iniciaciones. A la lectura, sobre todo. Y...
¿Rozará esto un núcleo significante de mi vida o es una trampa —otra— del recuerdo? Casi sería demasiado novelesco (demasiado romántico, coherentemente con el tema), pero no puedo dejar de consignarlo, porque se me “reveló” recientemente y, de todas maneras, algo debe de significar.
¿Mencioné los rituales? ¿No son algo que se conecta con los cuentos de hadas, que los niños piden una y otra vez? ¿Refugio contra la angustia, contra el terror nocturno (y a mi edad ya casi todo es nocturno)? Demasiado fácil...
Como yo ya no tengo respuestas, recurro a otra larga cita, esta vez de Víctor Hugo (precisamente, de su libro El Rin): “Los ríos acarrean las ideas lo mismo que las mercancías... de entre todos los ríos, me gusta el Rin... Hacía tiempo que deseaba verlo. Nunca puedo evitar la emoción con que entro en comunicación, casi diría en comunión, con las grandes cosas de la naturaleza que son también grandes cosas de la historia... es un río noble, feudal, republicano, imperial, digno de ser a la vez francés y alemán... El Rin lo reúne todo.”
Lo reúne y lo significa todo, al menos para mí, y por lo poco que sé. ¿Será muy pretencioso afirmar que allí puede haber —para mí— un lugar en el mundo, justamente en un mundo donde ya no hay lugares? ¿Un lugar en el mundo, precisamente cuando el mundo está por desaparecer? “Toda esta orilla del Rin nos quiere; casi se puede decir que nos espera...”, dice el gran poeta francés (refiriéndose a los franceses, es verdad).
Pero vuelvo a lo Mismo, porque ese lugar no puede ser otro que la infancia; y, por supuesto, ésta sí la he perdido para siempre.