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martes, 10 de septiembre de 2013

Otra vez "mi" esquina

Pero "mi" esquina de la calle Schulstrasse, Johannisberg, ya no existe más. 
O no como era entonces.


He aquí el estado actual.


El ángulo es distinto, pero se ve perfectamente la fuente central, y que faltan los árboles de alrededor, que formaban parte de un gran jardín lleno de plantas y flores. 
No puedo dar más detalles para no comprometer a su ocupante, pero así es la cosa.


(La primera foto es mía, la segunda by Akira, sacada de Google Earth.)





sábado, 13 de abril de 2013

Villa Klein (Johannisberg, Geisenheim)

Villa Klein

Una mansión estilo art nouveau (en realidad Jugendstil, su versión alemana), de 1910, ahora dedicada a reuniones empresariales.



Die Villa Klein heißt Sie willkommen

Mit wichtigen Partnern vertraulich konferieren? - Villa Klein bietet Ihnen den richtigen Rahmen.
Die Jugendstil-Villa aus dem Jahr 1910 steht Ihnen für Konferenzen und Arbeitstreffen zur Verfügung.
Das Anwesen ist leicht erreichbar und vermittelt durch seinen großen Garten und seine Lage am Ortsrand von Johannisberg ein angenehmes Maß an Ruhe und Diskretion.
Sein gediegenes Ambiente bietet Ihnen das ideale Umfeld für Gespräche und Termine, die Ihnen besonders wichtig sind.
Näheres erfahren Sie unter dem PunktAngebot.

Auf diesen Seiten möchten wir Ihnen das Haus und seine Geschichte näherbringen.


martes, 20 de marzo de 2012

Johannisberg, año 2000





Bienvenidos a Johannisberg.




(Fotos sacadas en el año 2000, 
"tercer viaje".)
El mapa de las 14 bodegas de Johannisberg.



Viñedos. Al fondo, el Rin





Una de las más bellas casas del pueblo.



Vista de Winkel y del Rin, desde el Castillo de Johannisberg.





martes, 31 de enero de 2012

El Rin de Víctor Hugo


Crónica de una lectura

- Víctor Hugo, El Rin, trad. de Roberto Mansberger, Barcelona, Laertes, 1995.

Siento una euforia extraña a medida que avanzo. La traducción no parece impecable —o soy demasiado desconfiado—, pero se disfruta igual. No es sólo un libro de viajes: combina historia y política, sin duda a la manera romántica, como corresponde a su autor.
Curiosamente, Hugo condensa tres viajes que hizo al Rin, en tres años sucesivos, igual que yo (por ahora).
A veces quisiera leerlo instantáneamente, por ósmosis o como si engullera una gragea, y conocerlo todo de golpe; otras, que no se termine nunca. Ni una ni otra cosa van a pasar, obviamente, y está bien que eso suceda, es el destino de los libros, y del placer que dan: infinito y a la vez limitado; satisfacen y a la vez dejan sedientos; nada impide volver a experimentarlos, pero nunca es como la primera vez.
¿Igual que un viaje?
Prácticamente terminé de leerlo; me queda pendiente la extensa leyenda que está promediando el libro.
No me decepcionó, aunque siempre espero más, insaciable.
Tiene capítulos dedicados a Frankfurt (Francfort, dice, correctamente castellanizado; bueno, casi, falta el acento en la a), Colonia, Mainz (Maguncia), Heidelberg (ésta no se adapta).
¡¡Menciona un par de veces las colinas de Johannisberg, y el mismo pueblo!! La cita exacta, que según Hugo la extrae de una guía tudesca de las orillas del Rin, es: “Detrás de la montaña de Johannisberg se encuentra el pueblo del mismo nombre con cerca de setecientas almas que recolectan un vino excelente” (pág. 115).


Vi este libro por primera vez en una Feria del Libro de Buenos Aires, no sé en qué stand, pero por esas tonterías del destino —o por vulgar tacañería— pasé de largo, no quise comprarlo. Obviamente, jamás volví a verlo. Lo busqué en Internet, en la impresionante colección de textos digitales franceses Athena (más exactamente, en Gallica), pero aún no lo han puesto ahí, aunque figura como “próximamente”.
Finalmente, lo compré por Internet en la librería Santa Fe.
Vale la pena todo este prolegómeno, como vale la pena el libro. Ya algunas cosas fui volcando a medida que lo leía, en mis “Diarios de viaje”, el nuevo género que estoy intentando, el único que me faltaba, creo.
Es un libro delicioso.
Hugo hizo tres viajes, pero como que los resume en uno. Sale de París, atraviesa la parte de Francia que da a Alemania y llega por fin al Rin. Nunca va a dejar de recordar que esa orilla debía ser francesa, la “cuestión renana” estaba de moda y el río mismo lo estaba. Claro, pleno romanticismo, tanto para alemanes como para franceses se había convertido en un lugar común, pero para éstos estaba más alejado.
No tengo por qué aclarar que la lectura de este libro fue muy especial para mí. Encima, habla de Rüdesheim y hasta de Johannisberg. No puedo resistirme a consignar acá también la frase en que lo hace. Menciona un par de veces las colinas de Johannisberg, y el mismo pueblo. La cita exacta, que según Hugo la extrae de una guía tudesca de las orillas del Rin, es: “Detrás de la montaña de Johannisberg se encuentra el pueblo del mismo nombre con cerca de setecientas almas que recolectan un vino excelente” (pág. 115). El subrayado es del autor y no puedo expresar las resonancias que tiene en mí. Cualquier palabra sería escasa, y por algo estoy escribiendo esos diarios.
Por lo demás, aunque yo no sea muy objetivo, El Rin se lee como una novela. Hugo es un gran escritor y se nota —lo hace notar— a cada paso: en los minirrelatos que va enhebrando, así como en la gran leyenda, más “literaria” de Porcupín que introduce en medio del libro. Interesante rastrear un par de lugares comunes, quizás muy románticos, o de la imagen que uno se hace de lo romántico: el hombre contra la naturaleza, el progreso contra la historia, etc.


jueves, 10 de noviembre de 2011

Regreso al Rin


(fragmentos de un diario)




“Sentí una gran emoción; como si el ver la tierra que se aproximaba hubiera puesto en marcha algún mecanismo interno. Sin haber llegado nunca a formular la idea, yo siempre había basado parte de mi conciencia de estar en el mundo en la convicción no razonada de que determinadas zonas de la superficie terrestre contenían más magia que otras. Si me hubieran preguntado qué entendía por magia, seguramente habría definido el término diciendo que era una conexión secreta entre el mundo de la naturaleza y la conciencia humana, un pasaje oculto pero directo que elude la mente. (La palabra clave aquí es ‘directo’, porque en este caso equivalía a ‘visceral’.) Como cualquier romántico, había estado siempre vagamente convencido de que algún día llegaría a un lugar mágico que me revelaría sus secretos y me daría sabiduría y éxtasis..., quizá incluso la muerte. Y en aquel momento, mientras estaba allí con el viento de cara, contemplando las montañas, sentí agitarse el motor interno, como si estuviera acercándome a la solución de un problema aún no planteado. Una dicha asombrosa me embargó mientras contemplaba el muro de montañas que se iba materializando lentamente; pero me dejé arrastrar por aquel gozo sin hacer preguntas”
(Paul Bowles, Memorias de un nómada).


—O Reno —dijo mi anfitrión.
Tardé algunos segundos (no sé cuántos, ahora me parecen muchos) en comprender a qué se refería. Hablaba en portugués.
Sí, había dicho “O Reno”, señalando a su izquierda, sin dejar de manejar, por supuesto, y siempre mirando al frente, a la despejada, impecable ruta alemana. Creo, incluso, que lo repitió un par de veces. Entonces me di cuenta, algo en mi subconsciente tradujo con significativa morosidad: el Rin. Esa estrecha franja de agua amarronada (surcada en ese preciso momento por un extenso lanchón carbonero) era el río Rin. Fue la mejor manera de saberlo. Nadie me había avisado que íbamos a pasar por ahí; mucho menos, a vivir tan cerca.
Era el río Rin.
Creo que ahí, entonces, empezó todo. Una oleada de pasado... No, no enseguida. Pero ahí empezó. Han pasado años desde entonces. Nada grave: volví a ir dos, tres veces más; pero ha pasado mucho tiempo y sigo preguntándome qué sentí exactamente en ese momento, y a partir de entonces; qué sentí que produjo en mí esta pasión desvaída, esta obsesión por... tantas cosas. Veamos algunas.

De Frankfurt (después de todo, se supone que voy allí para la Feria del Libro) a Johannisberg, el pueblito donde paramos, hay unos sesenta kilómetros; la mayoría, por una ruta cuyo número tiene reminiscencias inoportunas: la 66. Muchos pueblitos se agolpan a uno y otro lado: a veces, por encima del nivel de la vista, sobre las colinas; otras por debajo, en profundas hondonadas. Dan ganas de recorrerlos uno por uno, sabiendo que serán iguales y diferentes a la vez. El sol se oculta casi al frente. A medida que nos acercamos al Rheingau, se van iluminando los interminables viñedos, que cubren las laderas cortadas en las colinas como un patchwork de mil tonos verdes.
Cuando los pueblos están más cerca de la ruta (a la derecha, porque a la izquierda continúa el Padre Rin), se advierten sus fachadas medievales, sus “entramados de madera”, sus tejas superpuestas. Callejuelas irregulares y angostas. Alguna iglesia, alguna mansión que suele llamarse castillo, alguna pensión u hotel que aprovecha el prestigio turístico de la zona. No pretendo ser el único fanático, el único rendido a la fascinación (kitsch, ¿por qué no?) de un romanticismo de tarjeta postal. Bienvenido sea. Bienvenidos sean todos los que quieran compartir esta extraña euforia, esta inexplicable nostalgia, que estoy tratando de describir, ya que no puedo explicar.
Ese primer día, por la tarde, nuestro anfitrión nos cargó en su auto y, sin dar mayores explicaciones, nos llevó a recorrer la orilla del Rin, hacia Rüdesheim. Primero pasamos por el Niedenwald Denkmal, el monumento a la guerra franco-prusiana. No es muy agradable la conmemoración, probablemente, pero lo valioso es que está situado en una colina boscosa, muy verde, desde la cual se domina el río y parte del valle. Uno podría quedarse horas allí, absorbiendo detalles, tratando de traspasar la niebla a pura “voluntad visual”, por así llamarla. Hay tiendas de souvenirs, por supuesto, y una vieja máquina que convierte monedas en medallas. (Algo así como convertir una guerra en un monumento; como recordar la sangre inútilmente derramada mediante una vista inigualable.)
Después seguimos por las orillas del Rin. Nuestro anfitrión iba señalando, como a desgano, sin darse cuenta de la importancia de lo que decía: “Un castelo.... otro castelo...” Yo sacaba fotos espasmódicamente, en cantidades japonesas. Algunos castillos están en ruinas, otros están restaurados. Uno, en medio del río, se usa como salón de fiestas; otro ha sido comprado, precisamente, por ricos asiáticos. Vieja costumbre: los que tienen bandera izada, es porque el dueño está en ellos. El día estaba nublado, y caía de vez en cuando una llovizna molesta, casi una mera condensación de la humedad ambiente, propia de esa zona de viñedos, un microclima. De pronto, se me trabó la máquina de fotos, una vieja Yashica que mi padre me había prestado a regañadientes. No es éste el único detalle psicoanalíticamente obvio de todo el asunto... La cuestión es que, por supuesto, tuve que dejar de sacar fotos; peor aún: cuando volví a la casa de nuestro anfitrión, intenté sacar el rollo, con el esperable resultado de que lo velé. Así que no pude rescatar ninguna foto de esos castillos: otra prueba, por si hiciera falta, del poder de la culpa.
Johannisberg no es muy medieval que digamos, pero igual me parece de cuento de hadas. Unas pocas manzanas de casas “viejas” (en realidad, es el estilo alemán de construcción; la mayoría ni siquiera tiene el famoso entramado de madera, pero son amplias, sólidas, austeras, un poco monótonas; los techos de pizarra —parecen escamas de pescados— sí son característicos), rodeadas por colinas, viñedos y algún que otro castillito.
Las calles son empinadas; a veces, una caída muy abrupta deja ver un horizonte de viñedos, entre dos casas. Una subida, también bastante pronunciada pero en sentido inverso, lleva a una vista increíble de los alrededores; sobre todo, de un convento que parece un castillo y que, según la densidad del aire, a veces parece estar muy cerca y otras muy lejos: una columna de humo que sale de la chimenea rompe la ilusión de inmovilidad y, casi diría, de intemporalidad. Murallas de piedras (que sí parecen muy viejas) contienen a las hileras de vides; creo que tienen alguna función respecto de la humedad o la solidez del suelo. Las uvas son pequeñas y amargas, parece mentira que produzcan el riesling más famoso del mundo. Debo confesar con cierta vergüenza que prefiero el también famoso lieberfraumilch, dulcísimo y suave, que los expertos desprecian calificándolo como una especie de “limonada”.
El llamado castillo de Johannisberg (Johannisberg Schloss) es en realidad una señorial mansión, no demasiado antigua, flanqueada por una capilla preciosa, ella sí antigua, de estilo románico y gran austeridad, como para compensar (estrategia típicamente burguesa de negociación con Dios). Este lugar pertenece, o pertenecía, a la familia Metternich, la del célebre canciller prusiano, factótum de la Santa Alianza antinapoleónica. Según me cuenta nuestro anfitrión, el Schloss ya fue vendido a un multimillonario, pero la última baronesa Metternich aún habita un ala del castillo, privilegio que cesará con su muerte, quizás próxima. Mientras tanto, la anciana señora conduce un lujoso BMW por las hermosas colinas plenas de viñedos, y escribe versos que publica en lujosas ediciones “de autor”.
Como ya dije, el riesling de la zona es famoso; el de Johannisberg, particularmente. Sólo en el pueblito debe de haber unas veinte bodegas; nada espectaculares, la mayoría de ellas: son empresas de familia, con cantidades variables de terreno y pequeños galpones. Generalmente, nos toca el tiempo de la vendimia, mediados de octubre. Tractores y camiones de carga atraviesas las callejuelas del pueblo y se meten en esos galpones oscuros, a verter sus aromáticos líquidos. No tan aromático (o sí, pero en sentido apestoso) es el residuo que se deja en las banquinas, en pequeñas montañas que se destinan para futuro abono. En el patio del castillo, vimos cómo un tractor dejaba su carga en su depósito (éste sí era grande). Un experto se detuvo a sacar —seguramente para evaluar su calidad— un poco de líquido de la manga que salía del tractor y se internaba en las profundidades de la bodega. Sorprendentemente para un lego, el “vino” en esa etapa de su procesamiento es un líquido espeso, de fuerte aroma a uva y alcohol, muy sucio. Una elegante tienda, situada cerca de la bodega y siempre dando al patio, muestra los increíbles resultados de una transformación que parece mágica, y así de alguna manera ha sido juzgada a través de los siglos. Se dice que fueron los romanos quienes plantaron las primeras vides en esta zona privilegiada por su humedad y su sol esquivo pero hermoso (quizás precisamente por esquivo).
Alguna gente vendimia a mano, sobre todo, claro, en los pequeños campos; otra, mediante unas máquinas muy graciosas y eficaces, especies de tractores con dos altas “patas”, entre las cuales quedan aprisionados los racimos. Atrás tienen acoplado un recipiente en que se va depositando el material; éste es el recipiente que, acoplado a su turno a los tractores, o pequeños camioncitos, desemboca en las oscuras bodegas.

Mi rutina: me despierto cuando aún es de noche, alrededor de las seis. Me ducho, me visto para ir a la Feria, tomo apresuradamente unos sorbos de café y salgo para ver el amanecer en Johannisberg. Amanece prácticamente del lado del Rin. El sol va apartando con bastante rapidez la niebla habitual que pende sobre las colinas y los viñedos. Desde un lugar apenas elevado, es posible ver el río. Lo gris de la hora se va tiñendo con los colores debidos: un verde cada vez más verde en la vegetación, un celeste cada vez más celeste en el cielo, si hay suerte. La hondonada donde corre el Rin mantiene durante un poco más de tiempo el gris de la niebla, que se irá despejando luego, a medida que lo atravesemos con el coche. Los primeros rayos de ese sol horizontal ya reverberan, hasta lastimar los ojos, en las ventanas de los dos castillos que bordean el pueblo.
No hay mucho movimiento en esas tempranas horas; se nota que la panadería está abierta (nuestro anfitrión sale muy tempranito a buscar el pan fresco: unas hogazas redondas y altas, crujientes, ideales para untar con manteca...). Algunos autos abandonan el pueblo por el camino que va hacia la orilla del río, el que tiene el gigantesco tonel a su vera. Gente de a pie, muy poca. ¿No se vendimia temprano? Parece que no es necesario.
Vagabundeo media hora, no más, a un ritmo acelerado, como si quisiera absorber todo el espectáculo que pueda. No sé si mañana se repetirá, porque puede amanecer nublado y seguir así. Y llover. O suceder cualquier otra cosa que me lo impida (y me obligue a esperar otro año para repetir estos rituales obsesivos). Pero lo hice varias veces, y todas parecen una sola, aunque siempre hay nuevos detalles que se van “sumando”.
El sol se eleva finalmente sobre algunas casas particularmente bellas (quizás su luz las hace ver así). Saco algunas fotos, si veo la ocasión. Pero esto ocurre, es decir, puedo presenciarlo, los días en que no vamos a la Feria y puedo caminar hasta más tarde. Luego, vuelvo a terminar el desayuno con mis acompañantes, que se han demorado un rato más en la cama, y preparar los últimos detalles de la partida.
Me despido del pueblo rumbo a Frankfurt, la Gran Ciudad, sabiendo que a la vuelta ya será de noche y nada se verá igual.

Bowles (el autor de The Sheltering Sky), en la cita con que encabecé este deshilvanado texto, se refiere a la impresión que lo asaltó cuando, en la década del treinta, llegó por primera vez a la costa africana. Pero lo que dice parece bastante aplicable a mi caso, más allá de mi manía (si digo “benjaminiana”, ¿se me perdona?) de identificarme con todas las frases buenas de los buenos autores.
Cuando llegué por vez primera a Alemania, y sobre todo cuando mi anfitrión señaló el Rin, sentí, efectivamente, que se ponía “en marcha un mecanismo interno”. No podría expresarlo mejor que Bowles —eso estoy tratando de hacer al escribir todo esto—, pero suscribo por ahora que “yo siempre había basado parte de mi conciencia de estar en el mundo en la convicción no razonada de que determinadas zonas de la superficie terrestre contenían más magia que otras”. No estoy tan seguro de lo que sigue, de que esa magia se debiera a o se definiera como “una conexión secreta entre el mundo de la naturaleza y la conciencia humana”. Desconfío de la naturaleza, si es que existe. (En esto, para seguir con la manía citante, estoy de acuerdo con otro buen escritor, José Pablo Feinmann, a quien no le gustan mucho los “paisajes”, a excepción de aquellos que revelen las marcas de la historia, es decir, de la terrible y a la vez admirable mano del hombre.)
Pero, sin dudas, a mí también “una dicha asombrosa me embargó”, y “me dejé arrastrar por aquel gozo sin hacer preguntas”.
En ese momento, porque ahora me las hago, y cómo.
¿Serán —como dirían los psicólogos— ganas de huir de lo cotidiano, de estar “en otra parte”, de no ser yo, el mismo, en la misma piel? No quiero ponerme solemne... Me pregunto por qué no viajé cuando era joven y no tenía compromisos. La falta de dinero, con ser cierta, es sólo una excusa. Cobardía sería una respuesta más cercana a la sinceridad, aunque no explique todo. Siempre me costó viajar solo (aún hoy) y nunca tuve con quién. Esto también es cierto. Pero no impide que me arrepienta miserablemente.

Sin embargo, se trata de Alemania, no de cualquier otra parte.
Alemania... Durante mucho tiempo, las connotaciones que para mí tenía ese país eran muy claras, hasta banales: nazis, fábricas, frialdad. Dicho en colores: el negro de los uniformes, el gris del cemento, quizás el blanco de la nieve... Pero esa propia banalidad era una señal que debí entender mucho antes. Porque, al mismo tiempo, Alemania es (para mí, profesor en Letras, y para cualquiera): los más grandes músicos, los más grandes poetas, los más grandes filósofos. Mozart, Bach, Goethe, Hoelderlin, Marx, Adorno.
Alemania. El Rin.
Y algo más todavía: los cuentos de hadas. Es decir, la infancia; es decir, diversas iniciaciones. A la lectura, sobre todo. Y...
¿Rozará esto un núcleo significante de mi vida o es una trampa —otra— del recuerdo? Casi sería demasiado novelesco (demasiado romántico, coherentemente con el tema), pero no puedo dejar de consignarlo, porque se me “reveló” recientemente y, de todas maneras, algo debe de significar.
¿Mencioné los rituales? ¿No son algo que se conecta con los cuentos de hadas, que los niños piden una y otra vez? ¿Refugio contra la angustia, contra el terror nocturno (y a mi edad ya casi todo es nocturno)? Demasiado fácil...
Como yo ya no tengo respuestas, recurro a otra larga cita, esta vez de Víctor Hugo (precisamente, de su libro El Rin): “Los ríos acarrean las ideas lo mismo que las mercancías... de entre todos los ríos, me gusta el Rin... Hacía tiempo que deseaba verlo. Nunca puedo evitar la emoción con que entro en comunicación, casi diría en comunión, con las grandes cosas de la naturaleza que son también grandes cosas de la historia... es un río noble, feudal, republicano, imperial, digno de ser a la vez francés y alemán... El Rin lo reúne todo.”
Lo reúne y lo significa todo, al menos para mí, y por lo poco que sé. ¿Será muy pretencioso afirmar que allí puede haber —para mí— un lugar en el mundo, justamente en un mundo donde ya no hay lugares? ¿Un lugar en el mundo, precisamente cuando el mundo está por desaparecer? “Toda esta orilla del Rin nos quiere; casi se puede decir que nos espera...”, dice el gran poeta francés (refiriéndose a los franceses, es verdad).
Pero vuelvo a lo Mismo, porque ese lugar no puede ser otro que la infancia; y, por supuesto, ésta sí la he perdido para siempre.


sábado, 22 de octubre de 2011

Diario de Alemania 2003


(transcripto con la mayor exactitud posible, de una libretita Norte, escrita desde la última página)

start here

Eres mi héroe

(Antonio Quadra)
Mocedades
Sevilla
Betis


5/10


Alguien viaja a un lugar y se vuelve.

Entonces, se entera de que se perdió una celebración típica del lugar.
El resto de su vida, vive obsesionado con eso.

------- o -------


¿Por qué el cine de género está muerto?

¿Y cuál no?
El policial. (?)

Piratas

Western...


6/10


Siempre cago en Barajas.


No me gusta subir al avión por la “escalerilla”. Me da vértigo.


Cosa de gallegos: tomé 2 buses que hicieron como varios kilómetros.


------- o -------


Fuimos a Bingen, del otro lado del Rin, por balsa.

Llovía mucho y el viento no se soportaba.
El monasterio de (santa) Hildegarda estaba cerrado. Igual, el paseo fue bueno.


7/10


Tomé el tren en Geisenheim 8.00. Trasbordo en Wiesbaden. Llego a F 9.05, o’clock.

Prefiero caminar hasta la Feria (cambio 350 U$ x 283 € !!)
Colaboro en stand c/Wolf.
Escribo ahora esperando los libros.
¿Vuelvo 19.53?

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7/10


MMK


Friedrich Kiesler

Endless Home
|
|
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Hauptbannhof


0,70 € = casi 2 $

la meada + cara de la historia

(Cuando me di cuenta, se me cerró la vejiga.)



7/10


MMK


Warhol


(y Dom Museum, muy contradictorio)


Time capsules


Hasta el desecho más inverosímil cobra sentido si es de un famoso (?).

Justamente, eso es Warhol (y el pop): arte de re-significar los desechos (de una cultura, de una vida).

cf. MIS cajas de (F)



10/10


Solo en la Feria.

First time.
Sushi reveange
(with palitos).

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19.15. Salgo para Wiesbaden, se supone que en el mismo tren del otro día.

¿Hoy será día de mala suerte?
Hora de llegada calculada: 22.00 (!). No agregar nada más.


12/10


Me encontré con / He visto a Dios...

Umberto Eco.


13/10


Tenía que pasar.

Día malo.
Decido ir a Friburgo a pesar de todo.
Quiero usar el ticket de la Feria. No puedo, y pago 54 €. Apenas tengo p/volver.
¿Podré pagar con tarjeta la vuelta? Buena pregunta.
Por lo menos ahora debería estar + tranquilo. Pero tengo MUCHAS ganas de hacer pis y ni me atrevo a levantarme por miedo de perder el asiento (con ventanilla).
Mucho calor en el tren. Afuera casi 0 grado. ¿Veré nieve?

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No, bestia, no hay nieve en Selva Negra (por lo menos en esta época del año).

Estoy volviendo, vía Mannhein. Siempre a precio de oro.
Tengo que tomar 4 trenes, sería un milagro que algo NO saliera mal.

¿Friburgo? Hermosa. Vi parte de la Schwarzwald, pero valió la pena. Como siempre, muchas fotos.

Compré rollos muy baratos en un Schlecker.
(En 20 minutos tendría que transbordar en Mannhein.)
Comí una salchicha gruesísima en un pan redondo, c/ziedeln. Y una Coca reparadora. No muy caro.
¿Qué hago mañana y pasado?
Estoy molido. Y algo deprimido, como siempre. ¿Es la culpa, el cansancio, el miedo, o todo junto?
Telekom puta, no pude hablar c/Silvia, con VISA. Y las monedas apenas sirven para saludar.
Me cansé hasta de escribir.
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Tercer tren, Frankfurt-Wiesbaden (ojalá, quién sabe).
Acá pidieron tique unos policías bastante alarmantes.
¿Puedo poner que hice la mitad del viaje? No, mejor no.
Si llego, 21.39 a Geisenheim, hago una fiesta.
Pero mucho me temo que voy a tener que llamar al Vater Paul, porque no tengo ánimo p/caminar. O a lo mejor si llego a salvo y a horario... para compensar, ¿no?

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14/10

Muy cansado. Me duelen las piernas. Prefiero que P. Paul me lleve a algún lugar...
(interrupt.)

El lugar resultó ser las orillas del Rin hasta la roca Loreley, nada menos. O sea, el trayecto de aquel primer año, 1998. Esta vez saqué fotos, aun con sol en contra. Con que salgan un par, estoy conforme (es un decir).


¿Se me pasó la depresión? Un poco. Obra del Rin y del Sol.

Y de la falta de miedo, ya que no de culpa.
Es para pensarlo.
Lo de Friburgo de ayer fue espléndido pero preocupante. Demasiada tensión para disfrutarlo, aunque sea un poco más. ¿Cómo será el recuerdo?
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Hermoso paseo por alrededores de J. Hasta algunos lugares que no conocía.
Me siguió un gatito negro.
Saqué la foto habitual de la esquina.
Fui al Schloss a ver el valle desde ahí.
Los hombres saludan al pasar; las mujeres, no.
El tiempo pasa.
Quizás mañana vaya a Winkel, un tema pendiente.
Si el P. P. no propone otra cosa.
Pero es un largo camino y estoy cansado aún. Veremos cómo me levanto.


15/10


Hago los 2 km J-Winkel, sin problemas.

Hay un túnel debajo de la ruta. Estoy sentado frente al Rin. Frío, sol, viento. Un día espléndido. Sigo camino, a ver hasta dónde llego
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13.00. Extraordinario periplo por la orilla del Rin hasta la Oestricher Kran y luego “por arriba”: Oestrich, Mittelheim y Winkel, donde estoy ahora, exactamente frente a la Brentanohaus.
Es temprano, voy a intentar llegar al Schloss Vollrads y luego volver a J.
No words any more.

No llegué al Schloss Vollrads, quizás porque siempre es bueno dejar cosas pendientes...

Y no subí por la ruta sino por los viñedos: gran decisión.
El paisaje es impresionante, la distancia no es mucho mayor y el peligro sí es mucho menor.
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16/10


Heme aquí (increíblemente), en la gate D29 del Flughafen Rhein-Main, etc., esperando que los iberos confirmen su puerta y su horario de embarque.

2 horas y media antes de mi hora de partida, porque el Vater P. tenía misa a las 6 y es tan ansioso como yo. Mejor.
Igual fue otro día espléndido, fuimos a Wiesbaden a comprar zapatillas (ojalá sirvan) y tomamos un capuccino en el bar-trampa afgano que ya visité una vez (en el 2001, plena guerra).
Después fuimos a Rüdesheim por última vez, almorzamos en el Wiener Grill y bajamos al muelle a ver los barcos. Saqué unas fotos preciosas para terminar un rollo de 24.
No sé cuántas fotos saqué en total, creo que 2 rollos de 36 y 2 de 24, pero temo engañarme.
Será un largo viaje.
Cenaré 2 veces (?).
Por fin veré a Silvia, después de tanta nostalgia, culpa y esfuerzo.

19.30. Iberia retrasada, quién sabe cuánto.

Ojo a la combinación.
Por ahora, no muy nervioso, igual. ¿Está bien?
¡Unos minutos más en F!
Increíble... (yo).
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Todavía estoy temblando y sudando.
Me perdí en Barajas, 10 minutos antes de que el avión saliera.
Lo anoto p/tranquilizarme, pero me va a costar bastante.
No sé cómo llegué acá, espero que sea el avión... y el asiento. Aunque esto último sería de lo menos, después del riesgo que corrí.
Bueno, basta. Quedan 12 largas horas p/el final.
A disfrutar lo que queda. 

viernes, 21 de octubre de 2011

Amanecer en Johannisberg, rumbo a la Feria





Me despierto cuando todavía es de noche, alrededor de las seis. Me baño, me visto para ir a la Feria, tomo apresuradamente unos sorbos de café y salgo para ver el amanecer en Johannisberg.

El sol sale prácticamente del lado del Rin: va apartando con bastante rapidez la niebla habitual que pende sobre las colinas y los viñedos. Desde un lugar apenas elevado, es posible ver tramos del río. Lo gris de la hora se va tiñendo con los colores debidos: un verde cada vez más verde en la vegetación, un celeste cada vez más celeste en el cielo, si hay suerte. La hondonada donde corre el Rin mantiene durante un poco más de tiempo el gris de la niebla, que se irá despejando luego, a medida que lo atravesemos con el coche.
Los primeros rayos de ese sol casi horizontal ya reverberan, hasta lastimar los ojos, en las ventanas de los castillos que marcan los límites el pueblo. No hay mucho movimiento en esas tempranas horas. Algunos autos abandonan el pueblo por el camino que va hacia la orilla del río, el que tiene el gigantesco tonel a su vera. Gente de a pie, muy poca. ¿No se vendimia temprano? Parece que no es necesario.
Vagabundeo media hora, no más, a un ritmo acelerado, como si quisiera absorber todo el espectáculo que pueda. No sé si mañana se repetirá, porque puede amanecer nublado y seguir así. Y llover. O suceder cualquier otra cosa que me lo impida. Pero lo hice varias veces, y todas parecen una sola, aunque al recuerdo central se le vayan sumando detalles.
El sol se eleva finalmente sobre algunas casas particularmente bellas (quizás la luz las hace ver así, o mi voluntad). Saco algunas fotos, si tengo la ocasión. Pero esto ocurre, es decir, puedo presenciarlo, los días en que no vamos a la Feria y puedo caminar hasta más tarde.
Luego, vuelvo a terminar el desayuno con mis acompañantes, que se han demorado un rato más en la cama, y preparar los últimos detalles de la partida. Me despido del pueblo rumbo a Frankfurt, sabiendo que a la vuelta ya será de noche, y nada se verá igual. Y, si hay niebla, nada se verá. Hasta el día siguiente.



jueves, 20 de octubre de 2011

Una esquina/2


Otra foto de la misma esquina que ya no existe.

De un poco más lejos que la otra.

No recuerdo si realmente estaba nublado o era un rollo que daba exceso de colores fríos...




martes, 18 de octubre de 2011

Schloss




Johanissberg, el nombre del pueblito, significa algo así como “colina de (san) Juan”. También es el nombre del castillo que domina, precisamente desde la colina, un hermoso paisaje que desciende, por los viñedos, hacia el Rin. El Schloss, en realidad, no es exactamente un castillo, sino más bien una mansión, y no muy antigua. Sí lo es la capilla que la flanquea.
Según me cuenta mi anfitrión, el Schloss ya fue vendido a un multimillonario, pero la última baronesa Von Metternich aún habita un ala del edificio, privilegio que cesará con su muerte, quizás próxima.
Mientras tanto, la muy anciana señora, que responde (si oye) al bello nombre de Tatiana, conduce un impecable, modernísimo BMW por las colinas y los valles del lugar, una y otra vez, saludando amablemente a los pobladores, que en otros tiempos hubieran sido sus vasallos, y escribe versos que publica en lujosas ediciones de autor.
Mi anfitrión, como sacerdote del pueblo, ha merecido un ejemplar, dedicado, cuyas tersas hojas recorro, sin entender.

Sitio oficial del Schloss Johannisberg. 

domingo, 9 de octubre de 2011

Una esquina



Una esquina de Johannisberg que ya no existe.

(Cliquear para verla más grande.)

Le saqué fotos año a año, como hacía cada día Harvey Keitel en Smoke.






martes, 4 de octubre de 2011

Johannisberg hoy


En primer plano, el claustro de Johannisberg. Como ya casi no hay monjas, fue convertido en un hotel-spa de lujo (la casa parroquial, que antes estaba alí, fue trasladada al patio de la casa de mi anfitrión habitual en el pueblo, el padre Paul Limper, un fenómeno).
Conozco parte de su interior, porque ayudé al padre Paul en la mudanza de estatuaria religiosa, una actividad que resultó fellinesca.
Es precioso, pero sobre todo lo es por su entorno.
Al fondo, se ve el castillo de Hansenberg, que es una escuela para niños superdotados de toda Europa. Muy extraño.