lunes, 28 de noviembre de 2011
jueves, 10 de noviembre de 2011
Regreso al Rin
(fragmentos de un diario)
“Sentí una gran emoción; como si el ver la tierra que
se aproximaba hubiera puesto en marcha algún mecanismo interno. Sin haber
llegado nunca a formular la idea, yo siempre había basado parte de mi conciencia
de estar en el mundo en la convicción no razonada de que determinadas zonas de
la superficie terrestre contenían más magia que otras. Si me hubieran
preguntado qué entendía por magia, seguramente habría definido el término
diciendo que era una conexión secreta entre el mundo de la naturaleza y la
conciencia humana, un pasaje oculto pero directo que elude la mente. (La
palabra clave aquí es ‘directo’, porque en este caso equivalía a ‘visceral’.)
Como cualquier romántico, había estado siempre vagamente convencido de que
algún día llegaría a un lugar mágico que me revelaría sus secretos y me daría
sabiduría y éxtasis..., quizá incluso la muerte. Y en aquel momento, mientras
estaba allí con el viento de cara, contemplando las montañas, sentí agitarse el
motor interno, como si estuviera acercándome a la solución de un problema aún
no planteado. Una dicha asombrosa me embargó mientras contemplaba el muro de
montañas que se iba materializando lentamente; pero me dejé arrastrar por aquel
gozo sin hacer preguntas”
(Paul Bowles, Memorias
de un nómada).
—O
Reno —dijo mi anfitrión.
Tardé
algunos segundos (no sé cuántos, ahora me parecen muchos) en comprender a qué
se refería. Hablaba en portugués.
Sí,
había dicho “O Reno”, señalando a su izquierda, sin dejar de manejar, por
supuesto, y siempre mirando al frente, a la despejada, impecable ruta alemana.
Creo, incluso, que lo repitió un par de veces. Entonces me di cuenta, algo en
mi subconsciente tradujo con significativa morosidad: el Rin. Esa estrecha
franja de agua amarronada (surcada en ese preciso momento por un extenso
lanchón carbonero) era el río Rin. Fue la mejor manera de saberlo. Nadie me
había avisado que íbamos a pasar por ahí; mucho menos, a vivir tan cerca.
Era
el río Rin.
Creo
que ahí, entonces, empezó todo. Una oleada de pasado... No, no enseguida. Pero
ahí empezó. Han pasado años desde entonces. Nada grave: volví a ir dos, tres
veces más; pero ha pasado mucho tiempo y sigo preguntándome qué sentí
exactamente en ese momento, y a partir de entonces; qué sentí que produjo en mí
esta pasión desvaída, esta obsesión por... tantas cosas. Veamos algunas.
De
Frankfurt (después de todo, se supone que voy allí para la Feria del Libro) a
Johannisberg, el pueblito donde paramos, hay unos sesenta kilómetros; la mayoría,
por una ruta cuyo número tiene reminiscencias inoportunas: la 66. Muchos
pueblitos se agolpan a uno y otro lado: a veces, por encima del nivel de la
vista, sobre las colinas; otras por debajo, en profundas hondonadas. Dan ganas
de recorrerlos uno por uno, sabiendo que serán iguales y diferentes a la vez.
El sol se oculta casi al frente. A medida que nos acercamos al Rheingau, se van
iluminando los interminables viñedos, que cubren las laderas cortadas en las
colinas como un patchwork de mil tonos verdes.
Cuando
los pueblos están más cerca de la ruta (a la derecha, porque a la izquierda
continúa el Padre Rin), se advierten sus fachadas medievales, sus “entramados
de madera”, sus tejas superpuestas. Callejuelas irregulares y angostas. Alguna
iglesia, alguna mansión que suele llamarse castillo, alguna pensión u hotel que
aprovecha el prestigio turístico de la zona. No pretendo ser el único fanático,
el único rendido a la fascinación (kitsch, ¿por qué no?) de un
romanticismo de tarjeta postal. Bienvenido sea. Bienvenidos sean todos los que
quieran compartir esta extraña euforia, esta inexplicable nostalgia, que estoy
tratando de describir, ya que no puedo explicar.
Ese
primer día, por la tarde, nuestro anfitrión nos cargó en su auto y, sin dar
mayores explicaciones, nos llevó a recorrer la orilla del Rin, hacia Rüdesheim.
Primero pasamos por el Niedenwald Denkmal, el monumento a la guerra
franco-prusiana. No es muy agradable la conmemoración, probablemente, pero lo
valioso es que está situado en una colina boscosa, muy verde, desde la cual se
domina el río y parte del valle. Uno podría quedarse horas allí, absorbiendo
detalles, tratando de traspasar la niebla a pura “voluntad visual”, por así
llamarla. Hay tiendas de souvenirs, por supuesto, y una vieja máquina que
convierte monedas en medallas. (Algo así como convertir una guerra en un
monumento; como recordar la sangre inútilmente derramada mediante una vista
inigualable.)
Después
seguimos por las orillas del Rin. Nuestro anfitrión iba señalando, como a desgano,
sin darse cuenta de la importancia de lo que decía: “Un castelo.... otro
castelo...” Yo sacaba fotos espasmódicamente, en cantidades japonesas. Algunos
castillos están en ruinas, otros están restaurados. Uno, en medio del río, se
usa como salón de fiestas; otro ha sido comprado, precisamente, por ricos
asiáticos. Vieja costumbre: los que tienen bandera izada, es porque el dueño
está en ellos. El día estaba nublado, y caía de vez en cuando una llovizna
molesta, casi una mera condensación de la humedad ambiente, propia de esa zona
de viñedos, un microclima. De pronto, se me trabó la máquina de fotos, una
vieja Yashica que mi padre me había prestado a regañadientes. No es éste el
único detalle psicoanalíticamente obvio de todo el asunto... La cuestión es
que, por supuesto, tuve que dejar de sacar fotos; peor aún: cuando volví a la
casa de nuestro anfitrión, intenté sacar el rollo, con el esperable resultado
de que lo velé. Así que no pude rescatar ninguna foto de esos castillos: otra
prueba, por si hiciera falta, del poder de la culpa.
Johannisberg
no es muy medieval que digamos, pero igual me parece de cuento de hadas. Unas
pocas manzanas de casas “viejas” (en realidad, es el estilo alemán de
construcción; la mayoría ni siquiera tiene el famoso entramado de madera, pero
son amplias, sólidas, austeras, un poco monótonas; los techos de pizarra
—parecen escamas de pescados— sí son característicos), rodeadas por colinas,
viñedos y algún que otro castillito.
Las
calles son empinadas; a veces, una caída muy abrupta deja ver un horizonte de
viñedos, entre dos casas. Una subida, también bastante pronunciada pero en
sentido inverso, lleva a una vista increíble de los alrededores; sobre todo, de
un convento que parece un castillo y que, según la densidad del aire, a veces
parece estar muy cerca y otras muy lejos: una columna de humo que sale de la
chimenea rompe la ilusión de inmovilidad y, casi diría, de intemporalidad.
Murallas de piedras (que sí parecen muy viejas) contienen a las hileras de
vides; creo que tienen alguna función respecto de la humedad o la solidez del
suelo. Las uvas son pequeñas y amargas, parece mentira que produzcan el riesling
más famoso del mundo. Debo confesar con cierta vergüenza que prefiero el
también famoso lieberfraumilch, dulcísimo y suave, que los expertos
desprecian calificándolo como una especie de “limonada”.
El
llamado castillo de Johannisberg (Johannisberg Schloss) es en realidad
una señorial mansión, no demasiado antigua, flanqueada por una capilla
preciosa, ella sí antigua, de estilo románico y gran austeridad, como para
compensar (estrategia típicamente burguesa de negociación con Dios). Este lugar
pertenece, o pertenecía, a la familia Metternich, la del célebre canciller
prusiano, factótum de la
Santa Alianza antinapoleónica. Según me cuenta nuestro
anfitrión, el Schloss ya fue vendido a un multimillonario, pero la
última baronesa Metternich aún habita un ala del castillo, privilegio que
cesará con su muerte, quizás próxima. Mientras tanto, la anciana señora conduce
un lujoso BMW por las hermosas colinas plenas de viñedos, y escribe versos que
publica en lujosas ediciones “de autor”.
Como
ya dije, el riesling de la zona es famoso; el de Johannisberg,
particularmente. Sólo en el pueblito debe de haber unas veinte bodegas; nada espectaculares,
la mayoría de ellas: son empresas de familia, con cantidades variables de
terreno y pequeños galpones. Generalmente, nos toca el tiempo de la vendimia,
mediados de octubre. Tractores y camiones de carga atraviesas las callejuelas
del pueblo y se meten en esos galpones oscuros, a verter sus aromáticos
líquidos. No tan aromático (o sí, pero en sentido apestoso) es el residuo que
se deja en las banquinas, en pequeñas montañas que se destinan para futuro
abono. En el patio del castillo, vimos cómo un tractor dejaba su carga en su
depósito (éste sí era grande). Un experto se detuvo a sacar —seguramente para
evaluar su calidad— un poco de líquido de la manga que salía del tractor y se
internaba en las profundidades de la bodega. Sorprendentemente para un lego, el
“vino” en esa etapa de su procesamiento es un líquido espeso, de fuerte aroma a
uva y alcohol, muy sucio. Una elegante tienda, situada cerca de la bodega y
siempre dando al patio, muestra los increíbles resultados de una transformación
que parece mágica, y así de alguna manera ha sido juzgada a través de los
siglos. Se dice que fueron los romanos quienes plantaron las primeras vides en
esta zona privilegiada por su humedad y su sol esquivo pero hermoso (quizás
precisamente por esquivo).
Alguna
gente vendimia a mano, sobre todo, claro, en los pequeños campos; otra,
mediante unas máquinas muy graciosas y eficaces, especies de tractores con dos
altas “patas”, entre las cuales quedan aprisionados los racimos. Atrás tienen
acoplado un recipiente en que se va depositando el material; éste es el
recipiente que, acoplado a su turno a los tractores, o pequeños camioncitos,
desemboca en las oscuras bodegas.
Mi
rutina: me despierto cuando aún es de noche, alrededor de las seis. Me ducho,
me visto para ir a la Feria,
tomo apresuradamente unos sorbos de café y salgo para ver el amanecer en
Johannisberg. Amanece prácticamente del lado del Rin. El sol va apartando con
bastante rapidez la niebla habitual que pende sobre las colinas y los viñedos.
Desde un lugar apenas elevado, es posible ver el río. Lo gris de la hora se va
tiñendo con los colores debidos: un verde cada vez más verde en la vegetación,
un celeste cada vez más celeste en el cielo, si hay suerte. La hondonada donde
corre el Rin mantiene durante un poco más de tiempo el gris de la niebla, que
se irá despejando luego, a medida que lo atravesemos con el coche. Los primeros
rayos de ese sol horizontal ya reverberan, hasta lastimar los ojos, en las
ventanas de los dos castillos que bordean el pueblo.
No
hay mucho movimiento en esas tempranas horas; se nota que la panadería está
abierta (nuestro anfitrión sale muy tempranito a buscar el pan fresco: unas
hogazas redondas y altas, crujientes, ideales para untar con manteca...).
Algunos autos abandonan el pueblo por el camino que va hacia la orilla del río,
el que tiene el gigantesco tonel a su vera. Gente de a pie, muy poca. ¿No se
vendimia temprano? Parece que no es necesario.
Vagabundeo
media hora, no más, a un ritmo acelerado, como si quisiera absorber todo el
espectáculo que pueda. No sé si mañana se repetirá, porque puede amanecer
nublado y seguir así. Y llover. O suceder cualquier otra cosa que me lo impida
(y me obligue a esperar otro año para repetir estos rituales obsesivos). Pero
lo hice varias veces, y todas parecen una sola, aunque siempre hay nuevos
detalles que se van “sumando”.
El
sol se eleva finalmente sobre algunas casas particularmente bellas (quizás su
luz las hace ver así). Saco algunas fotos, si veo la ocasión. Pero esto ocurre,
es decir, puedo presenciarlo, los días en que no vamos a la Feria y puedo caminar hasta
más tarde. Luego, vuelvo a terminar el desayuno con mis acompañantes, que se
han demorado un rato más en la cama, y preparar los últimos detalles de la
partida.
Me
despido del pueblo rumbo a Frankfurt, la Gran Ciudad, sabiendo que a la vuelta ya será de
noche y nada se verá igual.
Bowles (el autor de The Sheltering Sky), en la
cita con que encabecé este deshilvanado texto, se refiere a la impresión
que lo asaltó cuando, en la década del treinta, llegó por primera vez a la
costa africana. Pero lo que dice parece bastante aplicable a mi caso, más allá
de mi manía (si digo “benjaminiana”, ¿se me perdona?) de identificarme con
todas las frases buenas de los buenos autores.
Cuando llegué por vez primera a Alemania, y sobre todo
cuando mi anfitrión señaló el Rin, sentí, efectivamente, que se ponía “en
marcha un mecanismo interno”. No podría expresarlo mejor que Bowles —eso estoy
tratando de hacer al escribir todo esto—, pero suscribo por ahora que “yo siempre
había basado parte de mi conciencia de estar en el mundo en la convicción no
razonada de que determinadas zonas de la superficie terrestre contenían más
magia que otras”. No estoy tan seguro de lo que sigue,
de que esa magia se debiera a o se definiera como “una conexión secreta entre
el mundo de la naturaleza y la conciencia humana”. Desconfío de la naturaleza,
si es que existe. (En esto, para seguir con la manía citante, estoy de acuerdo
con otro buen escritor, José Pablo Feinmann, a quien no le gustan mucho los
“paisajes”, a excepción de aquellos que revelen las marcas de la historia, es
decir, de la terrible y a la vez admirable mano del hombre.)
Pero, sin dudas, a mí también “una dicha asombrosa me
embargó”, y “me dejé arrastrar por aquel gozo sin hacer preguntas”.
En
ese momento, porque ahora me las hago, y cómo.
¿Serán
—como dirían los psicólogos— ganas de huir de lo cotidiano, de estar “en otra
parte”, de no ser yo, el mismo, en la misma piel? No quiero ponerme solemne...
Me pregunto por qué no viajé cuando era joven y no tenía compromisos. La falta
de dinero, con ser cierta, es sólo una excusa. Cobardía sería una respuesta más
cercana a la sinceridad, aunque no explique todo. Siempre me costó viajar solo
(aún hoy) y nunca tuve con quién. Esto también es cierto. Pero no impide que me
arrepienta miserablemente.
Sin
embargo, se trata de Alemania, no de cualquier otra parte.
Alemania...
Durante mucho tiempo, las connotaciones que para mí tenía ese país eran muy
claras, hasta banales: nazis, fábricas, frialdad. Dicho en colores: el negro de
los uniformes, el gris del cemento, quizás el blanco de la nieve... Pero esa
propia banalidad era una señal que debí entender mucho antes. Porque, al mismo
tiempo, Alemania es (para mí, profesor en Letras, y para cualquiera):
los más grandes músicos, los más grandes poetas, los más grandes filósofos. Mozart,
Bach, Goethe, Hoelderlin, Marx, Adorno.
Alemania. El Rin.
Y algo más todavía: los cuentos de hadas. Es decir, la
infancia; es decir, diversas iniciaciones. A la lectura, sobre todo. Y...
¿Rozará esto un núcleo significante de mi vida o es una
trampa —otra— del recuerdo? Casi sería demasiado novelesco (demasiado
romántico, coherentemente con el tema), pero no puedo dejar de consignarlo,
porque se me “reveló” recientemente y, de todas maneras, algo debe de
significar.
¿Mencioné los rituales? ¿No son algo que se conecta con
los cuentos de hadas, que los niños piden una y otra vez? ¿Refugio contra la
angustia, contra el terror nocturno (y a mi edad ya casi todo es nocturno)?
Demasiado fácil...
Como
yo ya no tengo respuestas, recurro a otra larga cita, esta vez de Víctor Hugo
(precisamente, de su libro El Rin): “Los ríos acarrean las ideas lo
mismo que las mercancías... de entre todos los ríos, me gusta el Rin... Hacía
tiempo que deseaba verlo. Nunca puedo evitar la emoción con que entro en
comunicación, casi diría en comunión, con las grandes cosas de la naturaleza
que son también grandes cosas de la historia... es un río noble, feudal,
republicano, imperial, digno de ser a la vez francés y alemán... El Rin lo
reúne todo.”
Lo
reúne y lo significa todo, al menos para mí, y por lo poco que sé. ¿Será muy
pretencioso afirmar que allí puede haber —para mí— un lugar en el mundo,
justamente en un mundo donde ya no hay lugares? ¿Un lugar en el mundo,
precisamente cuando el mundo está por desaparecer? “Toda esta orilla del Rin
nos quiere; casi se puede decir que nos espera...”, dice el gran poeta francés
(refiriéndose a los franceses, es verdad).
Pero
vuelvo a lo Mismo, porque ese lugar no puede ser otro que la infancia; y, por
supuesto, ésta sí la he perdido para siempre.
martes, 8 de noviembre de 2011
sábado, 5 de noviembre de 2011
viernes, 4 de noviembre de 2011
Lorch
Mi anfitrión me
lleva a Lorch, otro pueblo a orillas del Rin.
En realidad,
primero pasamos por un supermercado. El padre Pablo carga mercadería en grandes
cantidades. Leche, yogures, chocolates.
En Lorch vive
una pareja con tres chicos. Refugiados de la ex-Yugoslavia. El Estado les paga
un subsidio, o algo así. Les alcanza para poco pero, por un momento, aun
sabiendo que es absurdo, inadmisible, los envidio. La casa es muy linda, por
fuera. El pueblo y sus alrededores son espectaculares, como todo en la zona.
Él es muy blanco
y rubio, ya habla bastante alemán. Ella es más morena. ¿Bosnia? No alcanzo a
entender. Habla poco alemán. Los chicos parecen bastante alegres.
El padre Pablo
los ayuda con provisiones, sobre todo para los chicos. También los lleva a un
hospital cercano. Hay uno que está enfermo.
El muchacho hace
algunas changas, no sé de qué, pero gana muy poco.
Cuando volvemos,
en el coche, mi anfitrión me cuenta algunas cosas más. Él fue soldado, claro. A
ella le mataron al padre y a dos hermanos, ante sus ojos, en un par de
segundos. Me imagino cómo sobrevivió. Y por qué.
El padre Pablo
me dice que hacen terapia. Después sacude la cabeza y mueve la mano con la que no
maneja, en un gesto vago hacia lo que no puede ni quiere entender del mundo.
(fotos mías)
jueves, 3 de noviembre de 2011
Eiserner Steg
Sobre el
Puente de Hierro
Puente de Hierro
hay esta inscripción:
ΠΛΕΟΝ
ΕΠΙ
ΟΙΝΟΠΑ ΠΟΝΤΟΝ ΕΠ
ΑΛΛΟΘΡΟΟΥΣ ΑΝΘΡΩΠΟΥΣ
Transliterable más o menos así:
Pléon epí oínopa pónton ep’ allothróous anthrópous.
Que significa, más o menos, "Navega por los mares de color del vino hacia gentes de
otras lenguas" (es de la Odisea, claro).
Alude quizás, en general, al cosmopolitismo de Frankfurt y, especialmente, a la fiesta que se da anualmente en la "Ribera de los Museos" (Museumsurfer), del lado de Sachsenhausen.
En esta foto (mía) se ve de lejos:
Aquí, un poco más de cerca:
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Lorelei
Símbolo del deseo y del miedo a desear
Atraes solamente a quienes quieren ser atraídos
Tus canciones salen en verdad de mi mente
Y me estrello contra rocas que yo mismo puse ahí
No hay botes en la realidad
No hay río Rin en ningún lugar de la Tierra
Mucho menos una ninfa que me llame personalmente
Más allá de fotos dudosas y recuerdos más dudosos aún
Toda leyenda es un cruce de ilusión y terror
La figura de un mundo al revés
Demasiado anhelado para ser cierto
Con esa persistencia viscosa de las ganas de huir
No navego en el Padre Río sino en la Madre Internet
(Recurro a prosaísmos noveles para paliar la angustia)
Vuelvo a los lugares donde nunca, sensatamente, estuve
Y sé que no volveré a donde nunca fui ni debí ir
La Doncella terrible es una metáfora demasiado fácil
Como el Río, la Roca, el Barco, y tantos etcéteras
En la solemnidad nada dispensa del ridículo
Que al fin de cuentas es también un recurso, una salida
Atraes solamente a quienes quieren ser atraídos
Tus canciones salen en verdad de mi mente
Y me estrello contra rocas que yo mismo puse ahí
No hay botes en la realidad
No hay río Rin en ningún lugar de la Tierra
Mucho menos una ninfa que me llame personalmente
Más allá de fotos dudosas y recuerdos más dudosos aún
Toda leyenda es un cruce de ilusión y terror
La figura de un mundo al revés
Demasiado anhelado para ser cierto
Con esa persistencia viscosa de las ganas de huir
No navego en el Padre Río sino en la Madre Internet
(Recurro a prosaísmos noveles para paliar la angustia)
Vuelvo a los lugares donde nunca, sensatamente, estuve
Y sé que no volveré a donde nunca fui ni debí ir
La Doncella terrible es una metáfora demasiado fácil
Como el Río, la Roca, el Barco, y tantos etcéteras
En la solemnidad nada dispensa del ridículo
Que al fin de cuentas es también un recurso, una salida
sábado, 29 de octubre de 2011
Heidelberg
(fragmentos de un diario)
18/19 [jueves]
Schumann
Ab’egg Variationen op. 1
Papillons op. 7
Weber
Der Freischutz
“Agatha”
Estas anotaciones las hice en el castillo de
Heidelberg.
Ahora estoy frente al Neckar, descansando y esperando el momento de volver.
Creo que estoy hecho, lo demás es regalado y prefiero ni hablar.
***
Estoy en el tren que debería ir de Heidelberg a Mainz. Reitero: debería.
Para peor, el guarda pasó sin pedirme el pasaje, gran oportunidad de
saber la verdad antes de aparecer en Stuttgart.
***
¿Escribir sobre Heidelberg? Difícil.
Saqué como 100 fotos, compré guía de la ciudad y libro sobre el
castillo... Todo, para rellenar el futuro hueco de la memoria.
***
¡Cómo transpiré en el famoso “Camino de los filósofos”!
Más que un camino, parecía toda una montaña. Y de hecho lo era, porque
había que subir una cuesta larga y bastante empinada, para llegar al dichoso
camino. Que seguía y seguía. En un recodo, la bendición: ¡un quiosco! Compré
coca y agua a un viejo malhumorado (estaba por cerrar, según vi enseguida).
Después, tuve que bajar. Tampoco fue fácil. Según mi costumbre, tarde,
muy tarde, me saqué la campera y me refresqué un poco.
Bajé por otro lado, una calle para autos, y tardé muchísimo; además,
aparecí lejos del Alte Brücke, con un poco de ansiedad (lo acostumbrado).
***
Sobre el castillo, muy poco podría decir. Harían falta varias horas para
verlo todo, no digo “conocerlo”. Sin embargo, no me quejo, en una hora y pico,
casi dos, vi muchísimo y quedé deslumbrado.
¿Cómo saldrá en las fotos?
Si recogen un 10 % de lo que es, van a ser muy buenas, pero dudo de
algunas.
¡Los jardines! Arriba de todo. Claro, no iban a salir a tomar mate fuera
de las murallas...
El puente viejo está en arreglo, esa manía alemana. No me quejo tampoco.
Lo crucé con bastante vértigo, aunque no tanto como el de Colonia, porque en
éste pasan trenes y en aquél no. Además, el de H.[eidelberg] es más corto (gracias, Neckar).
***
Efectivamente, transpiré mucho en el Philosophen
Weg, más exactamente en la empinada subida. Con razón veía que la gente
bajaba por ahí y me miraba alelada. ¡Era la bajada, no la subida! Del otro
lado, la pendiente era mucho menor, porque era la subida y bajada para coches.
Pero juro que no había ninguna indicación al respecto. Quién sabe: cada uno
sube y baja por donde quiere, puede o debe.
Bueno, no importa nada: el placer con esfuerzo, a veces, es mucho mejor,
como en el deporte y en el sexo. (Pero sí debería haberme sacado la campera
mucho antes...)
El famoso camino tiene recovecos para sentarse a leer, meditar o,
simplemente, mirar el hermoso panorama que se abre en el follaje de tanto en
tanto: el Neckar, la otra orilla de la ciudad, el omnipresente Castillo.
En medio del bosque hay descansillos, diversos monumentos y placas
recordatorias, una extraña hamaca (¿para descansar?, no me animé), glorietas,
etc. Se suponía que había ruinas de un convento, pero no las encontré. Sí vi el
monumento a Bismarck, una horrible torre de piedra cuadrada (como su
homenajeado), a la que se podía subir para ver el panorama.
Todo muy hermoso, para qué negarlo.
¡El placer de tomar la coca-cola (y después el agua, más lentamente)
sentado cerca del quiosco del viejo malhumorado...!
Había bastante gente, parejas, familias. Serían de por allí, no parecían
turistas. La zona es de mansiones impactantes, similar a San Isidro, con mejor
gusto y quizás mayor antigüedad.
La orilla del Neckar también es muy linda de ese lado, sobre todo porque
se ve muy bien el otro... (y, a lo lejos, entre brumas, el sempiterno Padre
Rin, donde desagua el Neckar).
Sin duda, Heidelberg fue lo mejor de mi tour, sin desmerecer a la vieja
Colonia ni a la querida Frankfurt. Ya tendrán lo suyo. Pero H. es de una
belleza descomunal. Y reconozco que el día espléndido ayudó mucho a su disfrute.
Volví en taxi hasta la estación de trenes, porque no pude encontrar el
ómnibus correcto y estaba muy cansado para caminar, aunque en otro momento lo
habría intentado; tampoco quería perderme el tren de vuelta. Que era bastante
lujoso pero lo disfruté menos de lo que valía, porque, como puse en el diario,
dada la experiencia de la noche anterior, no estaba seguro de nada. Pero fue
perfecto.
viernes, 28 de octubre de 2011
Koblenz
(fragmento de un diario)
El miércoles me decidí a empezar por el Rin, como
queda dicho. Quería ir a Colonia, ése era mi objetivo, pero, por suerte, no
había tren directo. Tenía que hacer el trasbordo en Koblenz. Cuando le comenté
al padre Pablo que iba a aprovechar para ver el Deutsches Eck, tuvo dos
reacciones; primero, algo de sorpresa por el hecho de que yo conociera ese
lugar; segundo, me advirtió que estaba un poco lejos de la estación. No me
preocupé mucho.
En efecto, el viaje en tren, en el brumoso valle del
Rin, fue hermoso, como era previsible (y había previsto). Un tren muy cómodo,
casi vacío. No siempre podía ver todo lo que quería, ni sacar las suficientes
fotos (nunca son suficientes). El panorama solía estar tapado con algún
obstáculo emanado de la parte fea de esta civilización: cables, torres de
metal, edificios grises de las estaciones (la parte “nueva”), etc.
En realidad, se veían bien los castillos de la orilla
opuesta del río, pero la velocidad del tren no me permitía enfocarlos. Cuando
se detenía, cerca de alguna de las tantas estaciones del trayecto (Boppard, St.
Goar, Bacharach), aparecían los obstáculos.
Era un día muy gris y ventoso. No lluvioso, por
suerte, aunque parecía que en cualquier momento se me arruinaba el viaje.
Bajé en Koblenz y enseguida me orienté, por suerte.
Tomé un ómnibus que decía “Deutsches Eck”… Verifiqué que el trayecto no era muy
largo, aunque no memoricé exactamente los vericuetos por los que pasaba.
Después, en el consabido quiosco de souvenirs, me compré, entre otras cosas, la
consabida guía de la ciudad. Linda. Con un mapa muy útil, que sí pude seguir
para la vuelta, por otro camino respecto del ómnibus, pero muy bello también:
parte por la orilla del Rin, con puentes y una especie de posada (hermosas
fotos), alejándome del Mosela; luego, adentrándome en la ciudad por una especie
de autopista y calles relativamente modernas. Llegué bien a horario para hacer
el trasbordo con el siguiente tren. Rumbo a Colonia.
Koblenz en sí no pude verla mucho, salvo el lugar
famoso. El monumento al Káiser es feo pero tiene cierto encanto que no llega a
ser kitsch por un pelito. Sólo marcial. Se ve que el Mosela es muy lindo
también; en la lejanía se divisan puentes y algún que otro castillo.
Obviamente, también del lado del Rin. La combinación es excelente. Hoy tengo
los adjetivos pobretones, pero es que el recuerdo me sobrepasa largamente:
excusa también pobretona.
Había muchos turistas, la mayoría japoneses. Se veían
pasar los cruceros, que suelen detenerse privilegiadamente en ese sector.
Estaba para quedarse mucho más tiempo, como si la monotonía no pudiera existir.
Con sol, hubiera sido aún más espectacular, pero a qué quejarse.
Entré-subí al monumento, desde donde se tiene otra
vista. Fui hasta la punta de la “Punta alemana” (o esquina de la esquina, o
rincón del rincón, eck del eck). De cerca, no parece tan puntuda como en las
fotos. Es muy impresionante ver para un lado el Mosela y para el otro el Rin.
No se puede elegir, realmente.
Después me hice tiempo para entrar en una iglesia, San
Castor si no me equivoco, que está ahí nomás. Tiene un subsuelo con restos
romanos, fuente para monedas, etc. Y un Cristo vanguardista, difícil de
fotografiar: una especie de palo acostado, cruzado sobre otro palo (la cruz).
miércoles, 26 de octubre de 2011
Geisenheim
Inscripción en una iglesia de Geisenheim
What bells are those, that ring so slow,
so mellow, musical, and low?
They are the bells of Geisenheim,
that with their melancholy chime
ring out the curfew of the sun.
(Henry W. Longfellow, 1851)
so mellow, musical, and low?
They are the bells of Geisenheim,
that with their melancholy chime
ring out the curfew of the sun.
(Henry W. Longfellow, 1851)
Fragmentos de un diario
Viajé de Frankfurt a Geisenheim con cierta
eficacia.
Incluso me animé a sacar el boleto en una de las
máquinas automáticas que abundan en la Hauptbannhof de la ciudad (no vi otra manera, en
realidad). Recuerdo que me costó 15 marcos y algo, vale decir unos 7 dólares (o
pesos, por ahora, 8 de diciembre de 2001 a las 20.00). Podría haberme colado,
porque el boleto no me lo pidieron en todo el trayecto, que duró más o menos
una hora. Así que, ahora que lo pienso, no sé si el boleto era el correcto, qué
lástima. ¡Tendría que haber buscado a un guardia y exigido que me lo revisaran!
En Geisenheim, que es un pueblo casi tan chico
como Johannisberg, pasé un mal rato, todavía no sé por qué. La cosa fue así:
apenas llegué, en vez de tomarme un taxi que estaba esperando en la estación
algún improbable pasajero (no bajaron muchos), traté de comunicarme con el
padre Pablo para que me pasara a buscar. Tampoco me animé a recorrer a pie los
(teóricos) 3 kilómetros
que separan Geisenheim de Johannisberg, porque era de noche y el trayecto no es
precisamente rectilíneo. Lo había hecho en coche un par de veces, y en la plaza
principal del pueblo había una especie de mapa casero, pero, repito, no me
animé. Si hubiera sido de día, tal vez... (otra cuenta pendiente, ya es un
patrón). Así que estuve deambulando entre la estación y la plaza principal,
llamando a cada rato a la casa de Pablo, sin ningún éxito. No sé por qué me
intranquilicé tanto, si era temprano y no había ningún peligro, pero
evidentemente yo soy así. Taxis ya no había, porque obviamente sólo están
cuando se aproxima un tren (los horarios son relativamente confiables, aunque
no tanto como lo pregona la fama alemana). En el resto del pueblo, encontrar un
taxo (se me mezcló taxi con tacho, prefiero no corregir) pronto se me presentó
como empresa imposible. Todo el mundo tiene coche, y la nochecita estaba
poblada de pendejos ociosos con tremendos autazos (incluso alguno era un taxi,
que me engañó miserablemente). Ya me estaban mirando mal, chicos y grandes, así
que supongo que eso me fue intranquilizando más. Tenía miedo de que me encarara
alguno mal: un skinhead, tal vez. Después de todo, parezco árabe, o latino, del
tercer mundo en todo caso.
Lo mejor de Geisenheim es, como siempre, una
inmensa iglesia que, si mal no recuerdo, se llama, redundantemente, “del Rin”.
De hecho, el río debía de estar bastante cerca pero, como era noche cerrada,
tampoco pude acercarme mucho para verlo. La iluminación de la iglesia era
espectacular, resaltaba muy adecuadamente su par de torres góticas, erizadas,
como si fuera la de Colonia en miniatura (por comparación, se entiende).
¿Cuántas iglesias habrá como ésta, todo a lo largo de las orillas del Rin?
Miles, seguramente. Yo ya perdí la cuenta de las que visité. Lástima que no
saqué fotos.
Repito que
me llamó mucho la atención el hecho de que hubiera tantos pibes dando vueltas
al pedo, algunos a pie y otros, muchos, en terribles coches. Pueblo típico,
¡pensar que ellos se aburren de estar allí, no tienen nada más que hacer, aparte
de dar vueltas sin mucho sentido, esperando que pase algo! Y yo deseando
quedarme allí para siempre. Es un decir. Queda claro que una cosa es visitar a
los apurones, siempre con ganas de ver más, y otra muy distinta es quedarse a
vivir, “con la misma piel”, como diría Fito. ¿Cuánto tardaría en alienarme y
desear estar en otro lado? ¿Un mes, seis meses? Buena pregunta (sin respuesta).
Al final, en una de mis vueltas hacia la estación,
encontré un taxi, seguramente esperando el siguiente tren que llegara. Me animé
(debía de estar muy desesperado) y lo encaré. El tipo era macanudo, en todo
caso prefirió pájaro en mano, y además no desconfió para nada (era grandote,
según creo recordar). Le indiqué adónde iba, en inglés, me entendió
perfectamente; después de todo, estábamos sólo a 3 kilómetros. Me cobró
unos 14 marcos, algo menos de 7 dólares, un fangote, pero qué me importaba. Lo
peor fue, en realidad, que Pablo me dijo después que con mi boleto de tren el
taxista tenía que hacerme un descuento. (Esto es muy típico de Alemania; en
Hoescht, también Pablo me hizo sacar un boleto para Frankfurt que incluía el
derecho de viajar en los autobuses y tranvías; yo, pelotudo de mí, no me hice
tiempo para aprovecharlo.) Bueno, el tipo no tuvo la culpa, porque me vio venir
de otro lado, no bajar del tren, así que no sé si quiso currarme o no se le
ocurrió.
lunes, 24 de octubre de 2011
Erfurt
Algunos posts atrás, mencioné una nota de Sebald en la que, entre otras
cosas, hablaba de su "manera de proceder: adherir a la perspectiva
histórica exacta, inscribir con paciencia y reunir cosas aparentemente
dispares, a la manera de una naturaleza muerta. Desde entonces he estado
preguntándome qué conexiones invisibles determinan nuestras vidas y
cómo se enhebran los hilos..."
Por esas cosas extrañas de las vacaciones y el zapping, me enganché en el canal Retro con una vieja y valiosa película de Stanley Kramer, El juicio de Nuremberg, que además se filmó el año de mi nacimiento (1961). Solía verla, seguramente en una versión doblada y cortada, en los canales de aire, hace mucho, mucho tiempo. Tiene actuaciones extraordinarias de Spencer Tracy, Burt Lancaster, Richard Widmark, Montgomery Cliff, Judy Garland, Marlene Dietrich. Pero esto no importa demasiado.
Lo que me lleva a Sebald, además de la historia de Alemania en general, es que, en un momento dado de la película, se ve una placa con el nombre de la compañía que fabricaba los hornos crematorios de los campos de concentración (una de ellas, por lo menos). Y el pueblo en la que estaba situada: Erfurt.
¿Recuerdan Erfurt? Es una apacible pequeña ciudad alemana, de esas en las que nunca pasa nada (por eso Osvaldo Soriano lo cargaba a Osvaldo Bayer, diciéndole que los alemanes jamás podían tener novela policial). Bueno, quizás; pero, hace unos años, en Erfurt, un estudiante expulsado de la escuela secundaria volvió y masacró a 18 personas.
Si mal no recuerdo (y para seguir con las asociaciones), decía el personaje de Max von Sydow en Hannah y sus hermanas, respecto del Holocausto: "La pregunta no es por qué pasó, sino por qué no pasa más seguido."
Se entiende, pero me parece que, en cierto sentido, pasa todo el tiempo. Sólo hay que saber verlo, si es que se puede soportar.
Por esas cosas extrañas de las vacaciones y el zapping, me enganché en el canal Retro con una vieja y valiosa película de Stanley Kramer, El juicio de Nuremberg, que además se filmó el año de mi nacimiento (1961). Solía verla, seguramente en una versión doblada y cortada, en los canales de aire, hace mucho, mucho tiempo. Tiene actuaciones extraordinarias de Spencer Tracy, Burt Lancaster, Richard Widmark, Montgomery Cliff, Judy Garland, Marlene Dietrich. Pero esto no importa demasiado.
Lo que me lleva a Sebald, además de la historia de Alemania en general, es que, en un momento dado de la película, se ve una placa con el nombre de la compañía que fabricaba los hornos crematorios de los campos de concentración (una de ellas, por lo menos). Y el pueblo en la que estaba situada: Erfurt.
¿Recuerdan Erfurt? Es una apacible pequeña ciudad alemana, de esas en las que nunca pasa nada (por eso Osvaldo Soriano lo cargaba a Osvaldo Bayer, diciéndole que los alemanes jamás podían tener novela policial). Bueno, quizás; pero, hace unos años, en Erfurt, un estudiante expulsado de la escuela secundaria volvió y masacró a 18 personas.
Si mal no recuerdo (y para seguir con las asociaciones), decía el personaje de Max von Sydow en Hannah y sus hermanas, respecto del Holocausto: "La pregunta no es por qué pasó, sino por qué no pasa más seguido."
Se entiende, pero me parece que, en cierto sentido, pasa todo el tiempo. Sólo hay que saber verlo, si es que se puede soportar.
sábado, 22 de octubre de 2011
Diario de Alemania 2003
(transcripto con la mayor exactitud posible, de una libretita Norte, escrita desde la última página)
start here
Eres mi héroe
(Antonio Quadra)
Mocedades
Sevilla
Betis
5/10
Alguien viaja a un lugar y se vuelve.
Entonces, se entera de que se perdió una celebración típica del lugar.
El resto de su vida, vive obsesionado con eso.
------- o -------
¿Por qué el cine de género está muerto?
¿Y cuál no?
El policial. (?)
Piratas
Western...
6/10
Siempre cago en Barajas.
No me gusta subir al avión por la “escalerilla”. Me da vértigo.
Cosa de gallegos: tomé 2 buses que hicieron como varios kilómetros.
------- o -------
Fuimos a Bingen, del otro lado del Rin, por balsa.
Llovía mucho y el viento no se soportaba.
El monasterio de (santa) Hildegarda estaba cerrado. Igual, el paseo fue bueno.
7/10
Tomé el tren en Geisenheim 8.00. Trasbordo en Wiesbaden. Llego a F 9.05, o’clock.
Prefiero caminar hasta la Feria (cambio 350 U$ x 283 € !!)
Colaboro en stand c/Wolf.
Escribo ahora esperando los libros.
¿Vuelvo 19.53?
-------------------------------------------------------------
7/10
MMK
Friedrich Kiesler
Endless Home
|
|
|
---------------------------
Hauptbannhof
0,70 € = casi 2 $
la meada + cara de la historia
(Cuando me di cuenta, se me cerró la vejiga.)
7/10
MMK
Warhol
(y Dom Museum, muy contradictorio)
Time capsules
Hasta el desecho más inverosímil cobra sentido si es de un famoso (?).
Justamente, eso es Warhol (y el pop): arte de re-significar los desechos (de una cultura, de una vida).
cf. MIS cajas de (F)
10/10
Solo en la Feria.
First time.
Sushi reveange
(with palitos).
------- o -------
19.15. Salgo para Wiesbaden, se supone que en el mismo tren del otro día.
¿Hoy será día de mala suerte?
Hora de llegada calculada: 22.00 (!). No agregar nada más.
12/10
Me encontré con / He visto a Dios...
Umberto Eco.
13/10
Tenía que pasar.
Día malo.
Decido ir a Friburgo a pesar de todo.
Quiero usar el ticket de la Feria. No puedo, y pago 54 €. Apenas tengo p/volver.
¿Podré pagar con tarjeta la vuelta? Buena pregunta.
Por lo menos ahora debería estar + tranquilo. Pero tengo MUCHAS ganas de hacer pis y ni me atrevo a levantarme por miedo de perder el asiento (con ventanilla).
Mucho calor en el tren. Afuera casi 0 grado. ¿Veré nieve?
----------
No, bestia, no hay nieve en Selva Negra (por lo menos en esta época del año).
Estoy volviendo, vía Mannhein. Siempre a precio de oro.
Tengo que tomar 4 trenes, sería un milagro que algo NO saliera mal.
¿Friburgo? Hermosa. Vi parte de la Schwarzwald, pero valió la pena. Como siempre, muchas fotos.
Compré rollos muy baratos en un Schlecker.
(En 20 minutos tendría que transbordar en Mannhein.)
Comí una salchicha gruesísima en un pan redondo, c/ziedeln. Y una Coca reparadora. No muy caro.
¿Qué hago mañana y pasado?
Estoy molido. Y algo deprimido, como siempre. ¿Es la culpa, el cansancio, el miedo, o todo junto?
Telekom puta, no pude hablar c/Silvia, con VISA. Y las monedas apenas sirven para saludar.
Me cansé hasta de escribir.
------------
Tercer tren, Frankfurt-Wiesbaden (ojalá, quién sabe).
Acá pidieron tique unos policías bastante alarmantes.
¿Puedo poner que hice la mitad del viaje? No, mejor no.
Si llego, 21.39 a Geisenheim, hago una fiesta.
Pero mucho me temo que voy a tener que llamar al Vater Paul, porque no tengo ánimo p/caminar. O a lo mejor si llego a salvo y a horario... para compensar, ¿no?
------------
14/10
Muy cansado. Me duelen las piernas. Prefiero que P. Paul me lleve a algún lugar...
(interrupt.)
El lugar resultó ser las orillas del Rin hasta la roca Loreley, nada menos. O sea, el trayecto de aquel primer año, 1998. Esta vez saqué fotos, aun con sol en contra. Con que salgan un par, estoy conforme (es un decir).
¿Se me pasó la depresión? Un poco. Obra del Rin y del Sol.
Y de la falta de miedo, ya que no de culpa.
Es para pensarlo.
Lo de Friburgo de ayer fue espléndido pero preocupante. Demasiada tensión para disfrutarlo, aunque sea un poco más. ¿Cómo será el recuerdo?
------- o -------
Hermoso paseo por alrededores de J. Hasta algunos lugares que no conocía.
Me siguió un gatito negro.
Saqué la foto habitual de la esquina.
Fui al Schloss a ver el valle desde ahí.
Los hombres saludan al pasar; las mujeres, no.
El tiempo pasa.
Quizás mañana vaya a Winkel, un tema pendiente.
Si el P. P. no propone otra cosa.
Pero es un largo camino y estoy cansado aún. Veremos cómo me levanto.
15/10
Hago los 2 km J-Winkel, sin problemas.
Hay un túnel debajo de la ruta. Estoy sentado frente al Rin. Frío, sol, viento. Un día espléndido. Sigo camino, a ver hasta dónde llego
--------
13.00. Extraordinario periplo por la orilla del Rin hasta la Oestricher Kran y luego “por arriba”: Oestrich, Mittelheim y Winkel, donde estoy ahora, exactamente frente a la Brentanohaus.
Es temprano, voy a intentar llegar al Schloss Vollrads y luego volver a J.
No words any more.
No llegué al Schloss Vollrads, quizás porque siempre es bueno dejar cosas pendientes...
Y no subí por la ruta sino por los viñedos: gran decisión.
El paisaje es impresionante, la distancia no es mucho mayor y el peligro sí es mucho menor.
--------------------
16/10
Heme aquí (increíblemente), en la gate D29 del Flughafen Rhein-Main, etc., esperando que los iberos confirmen su puerta y su horario de embarque.
2 horas y media antes de mi hora de partida, porque el Vater P. tenía misa a las 6 y es tan ansioso como yo. Mejor.
Igual fue otro día espléndido, fuimos a Wiesbaden a comprar zapatillas (ojalá sirvan) y tomamos un capuccino en el bar-trampa afgano que ya visité una vez (en el 2001, plena guerra).
Después fuimos a Rüdesheim por última vez, almorzamos en el Wiener Grill y bajamos al muelle a ver los barcos. Saqué unas fotos preciosas para terminar un rollo de 24.
No sé cuántas fotos saqué en total, creo que 2 rollos de 36 y 2 de 24, pero temo engañarme.
Será un largo viaje.
Cenaré 2 veces (?).
Por fin veré a Silvia, después de tanta nostalgia, culpa y esfuerzo.
19.30. Iberia retrasada, quién sabe cuánto.
Ojo a la combinación.
Por ahora, no muy nervioso, igual. ¿Está bien?
¡Unos minutos más en F!
Increíble... (yo).
------------
Todavía estoy temblando y sudando.
Me perdí en Barajas, 10 minutos antes de que el avión saliera.
Lo anoto p/tranquilizarme, pero me va a costar bastante.
No sé cómo llegué acá, espero que sea el avión... y el asiento. Aunque esto último sería de lo menos, después del riesgo que corrí.
Bueno, basta. Quedan 12 largas horas p/el final.
A disfrutar lo que queda.
Eres mi héroe
(Antonio Quadra)
Mocedades
Sevilla
Betis
5/10
Alguien viaja a un lugar y se vuelve.
Entonces, se entera de que se perdió una celebración típica del lugar.
El resto de su vida, vive obsesionado con eso.
------- o -------
¿Por qué el cine de género está muerto?
¿Y cuál no?
El policial. (?)
Piratas
Western...
6/10
Siempre cago en Barajas.
No me gusta subir al avión por la “escalerilla”. Me da vértigo.
Cosa de gallegos: tomé 2 buses que hicieron como varios kilómetros.
------- o -------
Fuimos a Bingen, del otro lado del Rin, por balsa.
Llovía mucho y el viento no se soportaba.
El monasterio de (santa) Hildegarda estaba cerrado. Igual, el paseo fue bueno.
7/10
Tomé el tren en Geisenheim 8.00. Trasbordo en Wiesbaden. Llego a F 9.05, o’clock.
Prefiero caminar hasta la Feria (cambio 350 U$ x 283 € !!)
Colaboro en stand c/Wolf.
Escribo ahora esperando los libros.
¿Vuelvo 19.53?
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7/10
MMK
Friedrich Kiesler
Endless Home
|
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---------------------------
Hauptbannhof
0,70 € = casi 2 $
la meada + cara de la historia
(Cuando me di cuenta, se me cerró la vejiga.)
7/10
MMK
Warhol
(y Dom Museum, muy contradictorio)
Time capsules
Hasta el desecho más inverosímil cobra sentido si es de un famoso (?).
Justamente, eso es Warhol (y el pop): arte de re-significar los desechos (de una cultura, de una vida).
cf. MIS cajas de (F)
10/10
Solo en la Feria.
First time.
Sushi reveange
(with palitos).
------- o -------
19.15. Salgo para Wiesbaden, se supone que en el mismo tren del otro día.
¿Hoy será día de mala suerte?
Hora de llegada calculada: 22.00 (!). No agregar nada más.
12/10
Me encontré con / He visto a Dios...
Umberto Eco.
13/10
Tenía que pasar.
Día malo.
Decido ir a Friburgo a pesar de todo.
Quiero usar el ticket de la Feria. No puedo, y pago 54 €. Apenas tengo p/volver.
¿Podré pagar con tarjeta la vuelta? Buena pregunta.
Por lo menos ahora debería estar + tranquilo. Pero tengo MUCHAS ganas de hacer pis y ni me atrevo a levantarme por miedo de perder el asiento (con ventanilla).
Mucho calor en el tren. Afuera casi 0 grado. ¿Veré nieve?
----------
No, bestia, no hay nieve en Selva Negra (por lo menos en esta época del año).
Estoy volviendo, vía Mannhein. Siempre a precio de oro.
Tengo que tomar 4 trenes, sería un milagro que algo NO saliera mal.
¿Friburgo? Hermosa. Vi parte de la Schwarzwald, pero valió la pena. Como siempre, muchas fotos.
Compré rollos muy baratos en un Schlecker.
(En 20 minutos tendría que transbordar en Mannhein.)
Comí una salchicha gruesísima en un pan redondo, c/ziedeln. Y una Coca reparadora. No muy caro.
¿Qué hago mañana y pasado?
Estoy molido. Y algo deprimido, como siempre. ¿Es la culpa, el cansancio, el miedo, o todo junto?
Telekom puta, no pude hablar c/Silvia, con VISA. Y las monedas apenas sirven para saludar.
Me cansé hasta de escribir.
------------
Tercer tren, Frankfurt-Wiesbaden (ojalá, quién sabe).
Acá pidieron tique unos policías bastante alarmantes.
¿Puedo poner que hice la mitad del viaje? No, mejor no.
Si llego, 21.39 a Geisenheim, hago una fiesta.
Pero mucho me temo que voy a tener que llamar al Vater Paul, porque no tengo ánimo p/caminar. O a lo mejor si llego a salvo y a horario... para compensar, ¿no?
------------
14/10
Muy cansado. Me duelen las piernas. Prefiero que P. Paul me lleve a algún lugar...
(interrupt.)
El lugar resultó ser las orillas del Rin hasta la roca Loreley, nada menos. O sea, el trayecto de aquel primer año, 1998. Esta vez saqué fotos, aun con sol en contra. Con que salgan un par, estoy conforme (es un decir).
¿Se me pasó la depresión? Un poco. Obra del Rin y del Sol.
Y de la falta de miedo, ya que no de culpa.
Es para pensarlo.
Lo de Friburgo de ayer fue espléndido pero preocupante. Demasiada tensión para disfrutarlo, aunque sea un poco más. ¿Cómo será el recuerdo?
------- o -------
Hermoso paseo por alrededores de J. Hasta algunos lugares que no conocía.
Me siguió un gatito negro.
Saqué la foto habitual de la esquina.
Fui al Schloss a ver el valle desde ahí.
Los hombres saludan al pasar; las mujeres, no.
El tiempo pasa.
Quizás mañana vaya a Winkel, un tema pendiente.
Si el P. P. no propone otra cosa.
Pero es un largo camino y estoy cansado aún. Veremos cómo me levanto.
15/10
Hago los 2 km J-Winkel, sin problemas.
Hay un túnel debajo de la ruta. Estoy sentado frente al Rin. Frío, sol, viento. Un día espléndido. Sigo camino, a ver hasta dónde llego
--------
13.00. Extraordinario periplo por la orilla del Rin hasta la Oestricher Kran y luego “por arriba”: Oestrich, Mittelheim y Winkel, donde estoy ahora, exactamente frente a la Brentanohaus.
Es temprano, voy a intentar llegar al Schloss Vollrads y luego volver a J.
No words any more.
No llegué al Schloss Vollrads, quizás porque siempre es bueno dejar cosas pendientes...
Y no subí por la ruta sino por los viñedos: gran decisión.
El paisaje es impresionante, la distancia no es mucho mayor y el peligro sí es mucho menor.
--------------------
16/10
Heme aquí (increíblemente), en la gate D29 del Flughafen Rhein-Main, etc., esperando que los iberos confirmen su puerta y su horario de embarque.
2 horas y media antes de mi hora de partida, porque el Vater P. tenía misa a las 6 y es tan ansioso como yo. Mejor.
Igual fue otro día espléndido, fuimos a Wiesbaden a comprar zapatillas (ojalá sirvan) y tomamos un capuccino en el bar-trampa afgano que ya visité una vez (en el 2001, plena guerra).
Después fuimos a Rüdesheim por última vez, almorzamos en el Wiener Grill y bajamos al muelle a ver los barcos. Saqué unas fotos preciosas para terminar un rollo de 24.
No sé cuántas fotos saqué en total, creo que 2 rollos de 36 y 2 de 24, pero temo engañarme.
Será un largo viaje.
Cenaré 2 veces (?).
Por fin veré a Silvia, después de tanta nostalgia, culpa y esfuerzo.
19.30. Iberia retrasada, quién sabe cuánto.
Ojo a la combinación.
Por ahora, no muy nervioso, igual. ¿Está bien?
¡Unos minutos más en F!
Increíble... (yo).
------------
Todavía estoy temblando y sudando.
Me perdí en Barajas, 10 minutos antes de que el avión saliera.
Lo anoto p/tranquilizarme, pero me va a costar bastante.
No sé cómo llegué acá, espero que sea el avión... y el asiento. Aunque esto último sería de lo menos, después del riesgo que corrí.
Bueno, basta. Quedan 12 largas horas p/el final.
A disfrutar lo que queda.
Publicado por
PaulValley
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13:17
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Winkel
viernes, 21 de octubre de 2011
Amanecer en Johannisberg, rumbo a la Feria
Me
despierto cuando todavía es de noche, alrededor de las seis. Me baño, me visto
para ir a la Feria,
tomo apresuradamente unos sorbos de café y salgo para ver el amanecer en
Johannisberg.
El
sol sale prácticamente del lado del Rin: va apartando con bastante rapidez la
niebla habitual que pende sobre las colinas y los viñedos. Desde un lugar
apenas elevado, es posible ver tramos del río. Lo gris de la hora se va tiñendo
con los colores debidos: un verde cada vez más verde en la vegetación, un celeste
cada vez más celeste en el cielo, si hay suerte. La hondonada donde corre el
Rin mantiene durante un poco más de tiempo el gris de la niebla, que se irá
despejando luego, a medida que lo atravesemos con el coche.
Los
primeros rayos de ese sol casi horizontal ya reverberan, hasta lastimar los
ojos, en las ventanas de los castillos que marcan los límites el pueblo. No hay
mucho movimiento en esas tempranas horas. Algunos autos abandonan el pueblo por
el camino que va hacia la orilla del río, el que tiene el gigantesco tonel a su
vera. Gente de a pie, muy poca. ¿No se vendimia temprano? Parece que no es
necesario.
Vagabundeo
media hora, no más, a un ritmo acelerado, como si quisiera absorber todo el
espectáculo que pueda. No sé si mañana se repetirá, porque puede amanecer
nublado y seguir así. Y llover. O suceder cualquier otra cosa que me lo impida.
Pero lo hice varias veces, y todas parecen una sola, aunque al recuerdo central
se le vayan sumando detalles.
El
sol se eleva finalmente sobre algunas casas particularmente bellas (quizás la
luz las hace ver así, o mi voluntad). Saco algunas fotos, si tengo la ocasión.
Pero esto ocurre, es decir, puedo presenciarlo, los días en que no vamos a la Feria y puedo caminar hasta
más tarde.
Luego,
vuelvo a terminar el desayuno con mis acompañantes, que se han demorado un rato
más en la cama, y preparar los últimos detalles de la partida. Me despido del
pueblo rumbo a Frankfurt, sabiendo que a la vuelta ya será de noche, y nada se
verá igual. Y, si hay niebla, nada se verá. Hasta el día siguiente.
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